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viernes, 8 de julio de 2016

ANTÓN CHEJOV

"La medicina es mi esposa legitima y la literatura es mi amante."


Una de las pequeñas ironías que ofrece la historia de la literatura es que Antón Paviovich Chejov, que amaba el elemento cómico de la vida y fue conocido por la mayor parte de sus compatriotas como autor de incontables narraciones humorísticas, sea celebrado en la actualidad como un escritor que fundó una nueva literatura de incertidumbres que no se resuelven, literatura escrita en tono menor y con colores amortiguados, que daba expresión a la dolorosa sensación de aislamiento del hombre y a su incapacidad para comprender al prójimo.
Chejov nació el 16 de enero de 1860 en la población de Taganrog, a orillas del Mar de Azov. Sus antepasados fueron de condición inferior a la plebeya, pues su abuelo paterno fue un esclavo que, gracias a sus hábiles manejos, pudo comprar la libertad. El padre de Chejov, Pavel, tendero de escasos recursos, era hombre vano, mezquino y padre tiránico; su madre fue hija de un comerciante en paños. Hubo seis hijos en la familia; Antón, el tercero, tuvo dos hermanos mayores y dos menores, a más de una hermana. No fue un hogar feliz. "El despotismo y las mentiras desfiguraron nuestra niñez a tal grado -recordaba- que me repugna y horroriza pensar en ella". Fanático de las prácticas religiosas, el padre golpeaba a los niños por cualquier infracción de las reglas, hasta que éstos consideraron con recelo cualquier clase de relaciones humanas íntimas. "Cuando niño -escribía Chejov a los veintinueve años- fui tratado con tan poca benevolencia que ésta me parece algo extraordinario. Me gustaría ser bondadoso con la gente, pero no sé cómo." Antes de llegar a la edad adulta, los dos hermanos mayores, Alejandro y Nicolás, bebían, jugaban y rehuían toda obligación. A Antón le tocaría hacerse cargo de todas las responsabilidades; a las ocho de la mañana se encontraba ya trabajando en la tienda familiar. No obstante, era alegre por naturaleza, amante de los placeres modestos. Niño hermoso, agradaba a las gentes -especialmente a las mujeres- sin proponérselo. Como él mismo decía, fue "iniciado en los secretos del amor a la edad de trece años".

Cuando tenía dieciséis, su padre, cuyos negocios habían fracasado, huyó para escapar de los acreedores. Toda la familia siguió a Pavel a Moscú, con excepción de Antón, quien se quedó en Taganrog para terminar sus estudios viviendo con un amigo de la familia a cuyo hijo daba lecciones a cambio de techo y comida. Aunque no fue un estudiante sobresaliente, porque salió mal en un examen, ingresó en una escuela de oficios para estudiar sastrería; obtuvo un número suficiente de lecciones para ahorrar algún dinero, cuya mayor parte enviaba a su familia, que pasaba hambre. Cuando tenía casi diecisiete años se vio atacado por una enfermedad grave, por lo que se interesó en la Medicina y resolvió estudiar para médico. A pesar de todo, no se extinguió su natural alegría, que se desbordaba en bromas, anécdotas y obras ligeras que enviaba a su hermano Alejandro, quien trabajaba para algunos periódicos cómicos de Moscú. Su hermano logró que algunos de sus articulillos fueran publicados, lo que significó que ganara algunos rublos más para los Chejov.
Tenía diecinueve años cuando por fin salió con bien en el examen, obtuvo una beca para la Escuela de Medicina y persuadió a otros dos estudiantes para que se alojaran con su familia, a la que se unió en Moscú. Los dos hijos mayores habían abandonado la casa, y el resto de la familia, apiñada en un piso de los arrabales, luchaba por sobrevivir. Chejov se hizo cargo de ellos; "su voluntad -decía Miguel, uno de los hermanos menores- era la que dominaba". No fue sólo el apoyo económico, sino también moral; amonestó al errabundo Nicolás y firmó la carta "tu hermano severo, pero justo". Se entregó por igual a sus estudios médicos y a escribir sátiras ligeras, parodias y otras obras hechas de prisa para ganar algún dinero. Tenía sólo veinte años cuando vendió su primera viñeta, pero comprendió que carecía de valor literario y la firmó con su nombre de letras; "Antoshe Chejonte".

Los cuentos fueron adquiriendo colorido gradualmente y su tono se hizo más grave. Comenzaron por ser críticos; la protesta era más importante que el argumento. Pero, cuando-tenía veintisiete años, a tiempo que trabajaba como médico interno y terminaba un enredo amoroso para iniciar otro, había escrito ya unos seiscientos cuentos cortos. Aunque era un hombre de gran estatura y de aspecto vigoroso, las continuas privaciones minaron su salud y contrajo la tuberculosis antes de los treinta años. Desde un principio reconoció los síntomas, pero ocultó a su familia la naturaleza de la enfermedad y él mismo procuró no dar importancia a su mal, sabiendo que le sería imposible pagar la atención necesaria y que el prolongado tratamiento le significaría renunciar a la medicina y a la literatura.

Comenzó a practicar la medicina como médico particular a la edad de veinticuatro años. Bien adaptado, interesado en el Arte y en la Ciencia, poseedor de un gran anhelo de vivir, se consideraba un hombre "útil". Contradiciendo lo que afirman algunos críticos, no existió conflicto entre sus dos vocaciones. Gustaba de decir que la medicina era su esposa legítima y la literatura su amante. "Cuando me canso de una, paso la noche con la otra -escribía a Suvorin, su editor-. Esto quizá no sea respetable, pero me salva del hastío... y, además, ninguna de las dos pierde nada con mis infidelidades alternadas". Suvorin, que era mayor que Chejov más de veinticuatro años, se convirtió en el amigo proverbial, el filósofo y el guía. Gracias a su influencia comenzó a modificarse el tono de las obras de Chejov. Su primera colección de cuentos cortos, publicada cuando tenía veintiséis años, le advirtió que tenía un público lector; Suvorin contribuyó a que adquiriera conciencia de su responsabilidad como artista. Intentó escribir una novela que, siguiendo la tradición rusa, sería más educativa que entretenida; pero no estaba capacitado para una obra que sería una vasta culminación de Historia, Filosofía y Sociología. Se ha pensado que su fracaso como novelista asumió proporciones trágicas en la vida de Chejov, pero no se entregó a los titubeos. En vez de ello, escribió un drama, Ivanov, que fue todo un éxito. Se le concedió el premio Pushkin por sus cuentos -un honor extraordinario para un autor que aun no cumplía los treinta años-, pero Chejov era demasiado modesto para creer que merecía ocupar un lugar perdurable en la literatura. Tenía la esperanza de que nadie recordaría sus primeras obras: "Chejonte escribió muchas cosas -decía con sequedad- que Chejov no puede aceptar".

Al igual que todos los escritores de su época, Chejov quedó subyugado por el resplandor de Tolstói. En realidad, se sentía más atraído por el espíritu mortal de Tolstói que por su fe mística. "Chejov era un radical y un agnóstico -dice David Magarschack en "Chejov: una vida"- y continuó siendo radical y agnóstico durante toda su vida. Su aceptación temporal de la filosofía de Tolstói no modificó su actitud hacia la religión, pues fue la doctrina moral de Tolstói, y no la religiosa, así como su dogma de la no resistencia al mal, lo que por un tiempo ejerció una poderosa influencia sobre él". Chejov amaba al hombre y reverenciaba al artista; pero, discrepando del filósofo, desconfiaba del moralista. Finalmente tuvo que repudiar al Tolstói que consideraba al sexo incompatible con el amor cristiano.
Decía Chéjov :
-"Lo más importante en la vida familiar es el amor, el deseo sexual, la unidad de la carne".
Su reputación literaria era tan grande antes de cumplir los treinta años, que Suvorin lo instó a que renunciara a su carrera médica. Pero, a pesar de que su salud empeoraba continuamente, comprendió que necesitaba de ambos recursos. Lo atormentaban tanto los eternos problemas económicos, que no tenía descanso. El cuidado de su madre y de los hermanos menores agotó las energías que le restaban; en cierta ocasión se refirió a ellos como a su "tumor benigno", pero nunca pensó en extirparlo. Por algún tiempo, cuando conoció a Lidia Avelova, pareció que su carga emocional se aligeraba. Pero era mujer virtuosa, casada y madre de familia; y lo que hubiera podido ser un episodio romántico y frívolo se convirtió en una pasión desesperada. Para escapar de ella y para disciplinarse, Chejov emprendió un largo y tedioso viaje a la conocida colonia penal de la Isla Sakhalin, donde permaneció por tres meses. Describió la vida entre los prisioneros más como hombre de ciencia que como artista. "La tierras del Señor está llena de cosas bellas, pero hay algo que no es bello: nosotros"

Trabajaba cada día con mayor intensidad. La alegría de escribir se perdía en la continua premura y la creciente amenaza del tiempo. El discurso del autor Trigorin en La gaviota es un reflejo de lo que pensaba Chejov: "Día y noche me acosa la necesidad de escribir, escribir, escribir. Apenas he terminado un libro, algo me impulsa a escribir otro, y luego un tercero, y un cuarto. Escribir sin cesar... No puedo escapar de mí mismo, aunque siento que estoy acabando con mi vida... Apenas el libro ha salido de la prensa, se me vuelve odioso. No es lo que yo quería; incurrí en un error al escribirlo. Me siento irritado y desanimado... Luego el público lo lee y dice: "Sí, es muy hábil, muy bonito, pero ni remotamente tan bueno como Tolstói". Yo también amo a mi patria y a su pueblo. Siento que, como escritor, tengo el deber de hablar de sus pesares, de su futuro, de la Ciencia y de los derechos del hombre. Por eso escribo sobre todos los temas y el público me acosa por todos lados, algunas veces lleno de ira, y corro y me escabullo como una zorra perseguida por los perros".

Chejov no podía detenerse. A pesar de que había sufrido algunos ataques de lo que, al parecer, era una afección cardiaca, se negó a tomar en serio los síntomas. Sin embargo, ya no se sentía a gusto sino en la compañía de sus amigos íntimos. "Sería embarazoso -decía con una mueca- caer muerto en presencia de extraños". Recordando el éxito de su primer drama, escribió otro. El demonio del bosque, en el que cifraba grandes esperanzas y que fue un fracaso. Descorazonado, pero resuelto todavía a no abandonar el drama, escribió un tercero, La gaviota. Cuando la leyó a sus amigos, la respuesta fue débil, y el auditorio la siseó y abucheó la noche del estreno. Chejov, cuyas ideas no habían sido comprendidas por el empresario y que había presenciado la representación lleno de angustia, huyó del teatro. Por algún tiempo abjuró de la escena, pero volvió a ella y lo persuadieron de que debía colaborar en la formación de una organización nacional que más tarde se conocería con el nombre de Teatro de Arte de Moscú. Aunque no simpatizaba con el director, accedió a que reviviera La gaviota; con la pulcra escenificación de Stanislavsky, la obra fue un éxito inesperado y rotundo.

No es posible clasificar los dramas de Chejov en las categorías acostumbradas. "Tenues, apagadas, frágiles en todos sus aspectos, se desenvuelven en la atmósfera de relámpagos cálidos de un mundo incoherente que agoniza -decía Walter F. Kerr en el New York Heraid Tribune al hacer la reseña de La gaviota-, El dramaturgo tradicional presenta los sucesos en primer plano, bosquejando tan sólo el fondo necesario para darles un colorido local. Chejov invierte el procedimiento. El colorido local, el movimiento indefinido de los personajes preocupados, se apoderan del centro y de los flancos de la escena convirtiéndose en la textura misma de la obra. Los acontecimientos se escuchan en las alas, como un susurro". El crítico del New York Times, Brooks Atkinson, hizo eco a Kerr: "Bajo la superficie, Chejov se ha apoderado de las grandes verdades de la vida -la indiferencia, el egoísmo, el hastío de la existencia civilizada-, la cándida verdad de la sociedad humana, cómica en su incapacidad para comprender los hechos fundamentales de la vida social, trágica en sus consecuencias". La gaviota es un ejemplo particularmente adecuado de una obra entretenida y conmovedora a la vez, un drama con tonalidades dolorosas y final trágico. Es también una refutación al reproche de que "nada sucede" en un drama de Chejov. Bajo las conversaciones casuales y aparentemente sin objeto se desenvuelven situaciones intolerables y crisis violentas. El tema, implícito, pero nunca expresado, es la reversión del aceptado tributo sentimental a la magia redentora del amor; es, por el contrario, un desenmascaramiento del poder funesto del amor. Una muchacha del campo, vehemente y atraída por la celebridad, huye del hogar, es seducida, da a luz un niño que muere, se ve abandonada por el novelista en cuyos brazos se arrojó y termina como miserable cómica de la legua. Otra joven, enamorada sin esperanzas del hombre al que no puede unir su destino, se casa con un maestro de escuela al que desprecia, arruinando así su vida y la del marido. Un joven escritor, al que eclipsa su madre, célebre estrella enamorada de sí misma, es desdeñado por la muchacha a quien ha dedicado su vida y su obra, destruye sus manuscritos y se suicida. Chejov no sufre con las cuitas de sus personajes. Los amantes neuróticos, la madre narcisista, el poeta experimental fracasado, el autor famoso, pero ya agotado, y la falta general de todo propósito en su sociedad provocan más ironía que piedad. Chejov muestra cierto apego a sus personajes mal adaptados, pero de ninguna manera se apasiona por los individuos que se abandonan y engañan a sí mismos, los "inútiles" que sólo cometen torpezas en el mundo.

La voz de Chejov se deja oír en La gaviota, en la quejumbrosa protesta de Constantino Treplev contra las convenciones:"Tengamos nuevas formas o renunciemos a ellas". Pensando en esas nuevas formas, Chejov revisó El demonio del bosque, al que dio el nuevo nombre de El tío Vania, que fue aplaudido con delirio. Había penetrado en la agitada vida interior que bulle bajo los aspectos superficialmente tranquilos de la realidad. Ya para esta época se encontraba ligado al teatro por lazos personales y literarios.

Se había enamorado de Olga Knipper, actriz alsaciana del grupo del Teatro de Arte de Moscú, diez años mayor que él, y era evidente que ella también lo amaba. Pero Chejov no podía hablar de matrimonio. Obligado a vivir lejos por el estado precario de su salud, casi todo el amorío se desarrolló durante sus viajes o por correo. Chejov se sentía ligado a una familia a la que había dejado que se apoderara de él; estaba enfermo sin esperanza; sabía que lo más que podría hacerse sería .retardar su muerte. Pero si Chejov estaba condenado a sufrir, Olga se negó a dejarlo sufrir a solas. Necesitó casi dos años para persuadirlo -Olga tuvo que hacer la proposición de matrimonio, y se casaron el 25 de mayo de 1901. Chejov era todavía tan enfermizamente tímido y medroso, que el matrimonio se mantuvo en secreto. La mayor parte de los que, como Tolstói, lo conocieron sin conocerlo bien, consideraron a Chejov como a un hombre sencillo y bueno. Pero David Magarshack hace notar que "ni siquiera su esposa, quien durante los últimos años de su vida supo hacer manar el hondo manantial de ternura y afecto en él, pudo romper el impenetrable muro que había levantado entre él y el mundo exterior".




Sólo le quedaban tres años de vida, que serían a la vez de recompensa y agonía. Fue elegido miembro de la Academia Rusa a los treinta y nueve años; dos años más tarde contribuyó a que su amigo Máximo Gorki fuera también elegido. Poco después las autoridades censuraron las opiniones políticas de Gorki, y la Academia, servilmente, invalidó su elección. Chejov confirmó su oposición al régimen autocrático renunciando como protesta. Escribió otros dos dramas que resultaron ser los más populares: Las tres hermanas, inagotable y siempre vibrante, y El jardín de los cerezos. Chejov había querido que la obra fuese una comedia benévola aunque irónica sobre las normas antiguas y los nuevos valores, mas Stanislavsky la presentó como un amargo conflicto, la derrota de una aristocracia agonizante por un materialismo naciente e implacable, una tragedia de vana elegancia y arrepentimientos inútiles.
Poco después del estreno de El jardín de los cerezos se hizo evidente que la condición de Chejov era desesperada. "Debilitándose físicamente, pero fortaleciéndose en espíritu -escribía su esposa- adoptó una actitud sencilla, discreta y hermosa hacia la disolución de su cuerpo, porque decía:" Dios ha puesto un bacilo en mí". Con la última esperanza de que el fresco aire de los pinos de la Selva Negra pudiera retardar el final inevitable, fue conducido al sanatorio de Badenweiler. Cuando yacía en su lecho de muerte, uno de los médicos intentó animarlo con engañosas esperanzas, pero Chejov era un médico demasiado hábil para dejarse engañar. "Me estoy muriendo", dijo con tono tranquilo, y expiró. Era el 2 de julio de 1904. Seis meses después habría cumplido cuarenta y cinco años.

Sin redactar un manifiesto o anunciar un programa, sin siquiera tener conciencia del papel que desempeñaba, Chejov inició una revolución contra el drama artificial y pulido y contra el atildado cuento corto. Sus adictos subrayaron y definieron su objetivo: decir "la verdad absoluta y honrada" en lugar de urdir una obra plausible de fantasía. Su primera discípula inglesa, Katherine Mansfield, dio nuevas tonalidades al cuento corto; en los Estados Unidos, la voz de Chejov se deja oír en casi todas las obras de imaginación que aparecen en The New Yorker, así como en toda compilación anual de cuentos premiados. Chejov se ocupaba más de las personas que de los argumentos; sus dramas y sus cuentos se precipitan de inmediato en una situación vivida y, generalmente, complicada. El autor se preocupa, ante todo, por proyectar la realidad, un estado de conciencia casi dolorosamente sensible, la creación de un carácter y no sólo de un personaje.

Queda por determinar si Chejov se negó a continuar las normas del drama bien hecho y del cuento cuidadosamente tramado como una reacción consciente contra ellos o simplemente porque el tiempo apremiaba y tenía demasiada conciencia de la incalculabilidad de la vida para dar explicaciones artificiales. En lugar de las-fórmulas favoritas -la iniciación ligera, el medio dramático y el final limpio y sorprendente-, Chejov comenzaba por el medio y, generalmente, dejaba que el lector imaginara el final. Rechazó los artificios, despreció las pretensiones y al-canzó sus efectos más dramáticos con el vocabulario más inocente y familiar. Los momentos culminantes de sus obras terminaban con frases comunes, como "No importa", "Si pudiéramos saber", frases cuya misma falta de sabor sugiere que el conflicto es tan hondo que no puede expresarse. En su Historia de la literatura rusa dice D. S. Mirsky que sus dramas y cuentos cortos, como "Un día en el campo", "El duelo", "La sala número seis", "El doctor", "Mi vida" y "Kashtanka" -para sólo citar seis de los miles que escribió en menos de veinte años- revelan "los rasgos esenciales de un estilo maduro... la biografía de un estado de ánimo... un estado de ánimo que se desenvuelve bajo los triviales alfilerazos de la vida, pero que debe su sustancia a una causa profunda, fisiológica y psicológica".



El hecho de que esa causa permanezca desconocida hace aún más misteriosos los triunfos de Chejov en detalles aparentemente insignificantes, los dramas indirectos, la forma en que se levanta una taza de té o se contiene un gesto. Realizó pequeños pero continuos milagros en minucias tremendas, en la fusión de lo insustancial y lo inexplicable, el humor perdido, la zozobra reprimida y la angustia acallada. Fue el genio de un estilo, la "biografía de un estado de ánimo", la "rebanada de la vida", que dio nacimiento a una nueva literatura de la sensibilidad.





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