lunes, 4 de julio de 2016

MUNDIALIZACIÓN Y DESAROLLO: LA DESCOLONIZACIÓN DEL ÁFRICA NEGRA Y AMÉRICA LATINA

La década de los sesenta es sin duda una de las épocas más recordadas del pasado siglo XX. La guerra de Vietnam, el racismo, la opresión dentro de la educación, el avance del comunismo y otros factores, marcaron el nacimiento de un sinnúmero de movimientos sociales contraculturales, como la corriente hippie o la progresista. El “Mayo Francés” había dejado deseos de libertad en la juventud europea, pero también en Latinoamérica, especialmente en Chile donde en 1970 un gobierno socialista llegaría al poder por la vía democrática.

A pesar de haberse constituido en 1963, la Organización para la Unión Africana (OUA) para evitar los conflictos entre los nuevos estados africanos por cuestiones limítrofes, estos se siguieron suscitando con frecuencia, sobre todo, por problemas étnicos.


La descolonización del África negra. Antecedentes

A finales del siglo XIX, con la ocupación efectiva de África por los europeos, se trazaron las zonas de influencia de las potencias que competían en el reparto del territorio africano. Se firmaron tratados de amistad o protección con los jefes de tribus africanas, que conducían a tomas de inmensas regiones.

El 26 de febrero de 1885, en Berlín, Alemania; Otto Von Bismark, canciller del imperio alemán, da por cerrada la “Conferencia de Berlín”, en la que 14 países europeos (Gran Bretaña, Portugal, Alemania, Francia, Holanda, Austria-Hungría, Bélgica, Dinamarca, Italia, Rusia, Suecia- Noruega, España, Turquía) y Estados Unidos, realizan la famosa “Partición de África”, donde todo el continente a excepción de lugares muy remotos quedaran bajo control de las potencias coloniales, acorde a lo que el historiador Eric Hobsbawn denomina el reparto del mundo que marca la era de los imperialismos. Gran Bretaña y Francia se quedaran con cerca del 50% del continente, mientras Bélgica se quedará con la rica colonia del Congo (que no tardará en volverse un territorio propiedad de Leopoldo II), Italia ganará territorio en el cuerno de África y Libia (teniendo que batallar contra la próspera cultura de Etiopía).

Durante el proceso de colonización africana se crearon formas de gobierno, e instituciones que acabaron con las tradiciones culturales y la autonomía de los imperios y reinos africanos.

Los territorios del África negra, al sur del Sahara fueron colonizados por Gran Bretaña, Francia, Bélgica y Portugal. Estas potencias intentaron por todos los medios pero tras la independencia varios países vivieron una serie de conflictos internos, provocados por la población blanca que hacía imposible que la población negra, conflictos étnicos y una equivocada limitación de fronteras.

El reparto colonial de África entre las potencias europeas se completa entre 1885 y 1904, dando por resultado el establecimiento y la consolidación de todas las colonias occidentales en el continente, a lo largo de un proceso en que se producen cuatro tipos de hechos interrelacionados: las ocupaciones territoriales, las resistencias africanas a estas invasiones, las rivalidades y enfrentamientos que resultan de tales ocupaciones europeas, y los tratados que regulan las citadas rivalidades, con lo que se configura el definitivo mapa colonial de África.

La colonización francesa en África del Norte inició con el envío de una expedición militar contra el Dey de Argelia en 1830.

En 1847 conquistaron Argelia, centro del poder francés en el noroeste del continente. 

Francia comenzó la conquista de lo que se conoció como el Congo francés en 1880, a través de un protectorado que paulatinamente integró Cabinda, Camerún y el Estado Libre del Congo. Un año después controló Túnez. 

En el año 1898 se apoderaron de Madagascar, pero tras la crisis de Fachoda con los británicos Francia abandonó el proyecto de unir los extremos este y oeste del continente, que le hubiesen permitido conectar los océanos Atlántico e Índico a través de Sudán.

El Dato: En la crisis de Fachoda los gobiernos de Francia y Reino Unido decidieron construir líneas de comunicaciones destinadas a conectas sus colonias africanas.

 En 1904 surge oficialmente el África Occidental Francesa (AOF), que comprendía una federación de ocho territorios: Mauritania, Senegal, Guinea, Sudán Francés (hoy Mali), Guinea, Costa de Marfil, Alto Volta (hoy Burkina Faso) y Dahomey (hoy Benín). 

Más tarde se incorporará el territorio de Mauritania, y poco después el territorio militar de Níger.

En 1905 estableció un protectorado en Marruecos a pesar de la oposición de Alemania y la amenaza de un conflicto bélico internacional con su vecino europeo. 

Inglaterra llegó al sur del continente ocupando el Cabo, territorio que originalmente había sido un asentamiento de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales desde 1652. A principios del siglo XIX los ingleses también comenzaron a formar colonias provocando enfrentamientos con los Boers (colonos holandeses), antagonismo que se agravó en cuanto se tuvo conocimiento de las riquezas de diamantes y oro de esas tierras, el conflicto terminó con la expulsión de los Boers; Orange y Transvaal se apoderan de ella. Sudáfrica logró una independencia limitada en 1910 y se formó un gobierno blanco, conocido como el Apartheid, cuyas leyes estaban basadas en la discriminación racial.

La política colonial del Imperio Británico no siempre fue bien vista por sus ciudadanos, que criticaban los altos costos que implicaban las conquistas, dinero, argumentaban algunos, que de invertirse internamente podía aliviar la situación crítica que vivían las clases trabajadoras. El Ministro de las Colonias, Joseph Chamberlain, fue un ferviente defensor de la política imperialista inglesa y dictó numerosas conferencias para promover la expansión colonial, conozcamos la ideología imperialista británica en sus propias palabras:    

(…) en tiempos muy recientes la autoridad inglesa ha sido establecida en Uganda y ha sido declarada una zona de influencia inglesa. Uganda es un país más fértil. Tiene todas las variedades de clima; en una gran parte de ella la colonización europea es perfectamente posible.

El desarrollo de los mercados libres es factible; los productos son de la mayor riqueza; no hay casi nada que sea de valor o utilidad para nuestro comercio que no se pueda cultivar allí (…) Pero voy a ir más lejos que eso. Este rico país debe desarrollarse. En la actualidad tiene 800 millas de mar y si no podemos llegar un país por el mar no podremos obtener sus productos a un costo que fuera de utilidad para nosotros y no podremos llevarles nuestros productos (…) Lo que queremos es dar a este país los medios de comunicación con un ferrocarril de la costa que traería a la población que es más inteligente que la población común en el corazón de África – nuestro hierro, nuestros paños y nuestro algodón, e incluso nuestras joyas, porque creo que los salvajes no son del todo insensible a los encantos de adorno personal. Eso traería a estas personas los bienes que ellos quieren y que no pueden fabricar, y nos daría a nosotros las materias primas, de las cuales debemos ser capaces de hacer un uso posterior. Chamberlain, J. (1987). Want of Employment and the Development of Free Markets. Foreign & Colonial Speeches, p. 135-136. London: George Routledge & Sons Limited. Recuperado de https://archive.org/details/cihm_00750 (octubre, 2015).

A finales de la Segunda Guerra Mundial solo existían cuatro estados independientes en África: Egipto, Etiopia, Liberia y Unión Sudafricana. Treinta años más tarde, no quedaba una sola colonia. Este rápido proceso de descolonización se vio estimulado por los movimientos independentistas asiáticos y por el Movimiento Panafricano.

La rápida descolonización asiática influyó en la acelerada toma de conciencia de los pueblos de África.

Después de 1945 son los intelectuales africanos quienes dirigen la emancipación de África, sobre la que influirá la Conferencia de Bandung y, sobre todo, la creación, en 1963, de la Organización de la Unidad Africana (OUA). Los objetivos de esta organización son:
  • Reforzar la unidad y solidaridad de los estados africanos.
  • Coordinar e intensificar su colaboración.
  • Defender su soberanía.
  • Eliminar el colonialismo  de África.
  • Favorecer la cooperación internacional sobre la base de la Carta de las Naciones Unidas y de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre.
Las etapas más importantes de la descolonización se cumplieron entre 1956 y 1962; estos pocos años bastaron para terminar con una forma de dominación que llevaba establecida, en ocasiones, hasta un siglo.

La descolonización del África negra

Al finalizar la década de los cincuenta, quedaba pendiente la descolonización de la mayor parte de África, que se independizó con cierta rapidez en los quince años siguientes por el impulso de los procesos en Asia y Magreb, la crisis de Suez y el acicate ideológico de Bandung. No obstante, la Segunda Guerra Mundial también había roto la paz colonial en ese continente y desde 1945 los movimientos nacionalistas africanos se empezaron a mostrar muy activos. 

Además, cobro nueva fuerza el panafricanismo, un movimiento consolidado en las décadas anteriores en torno a la figura de W.E.B. Du Bois. En 1945 se celebraba el V Congreso Panafricano de Manchester, donde los principales líderes nacionalistas del área británica tomaron conciencia de la problemática común. En el África francesa, F. Houphouët-Boigny, de Costa de Marfil, próximo al partido comunista francés, había fundado en 1946 el Rassemblement Démocratique Africain (RDA), con líderes de distintos países. En 1948, el intelectual senegalés Léopold Sédar Senghor creó el grupo Independientes de Ultramar, que propugnaba 
una república federal africana con autonomía interna, pero unida a Francia. Ambos círculos pidieron desde 1957 una autonomía real de las colonias y después la independencia. 

En paralelo se fue desarrollando la acción de Naciones Unidas, organismo que exigió a las metrópolis el cumplimiento del Capítulo XI de la Carta sobre territorios no autónomos, con la obligación de tener en cuenta los intereses de la población autóctona, velar por el desarrollo e informar al Secretario General sobre su evolución. Desde esta plataforma los países con pasado colonial presionaron a las potencias coloniales a acelerar los procesos pendientes, sobre todo desde que, con la crisis del Congo como telón de fondo, la Asamblea General aprobó la resolución 1514 de 1960 que ratificaba el derecho de autodeterminación de los pueblos y denunciaba el imperialismo como obstáculo para la paz


La independencia del África francesa 

En el África francesa, la opción ofrecida en la Constitución de 1946, de integrar las colonias en la metrópoli a través de la Unión Francesa, no satisfizo las crecientes aspiraciones de los nacionalistas africanos. Los líderes negros reclamaron la igualdad legal y social, crearon partidos y trabajaron en las asambleas locales y en el legislativo francés. Desde 1956 se abrió un proceso que permitió la transferencia progresiva de soberanía. El gobierno aprobó un nuevo estatuto para las colonias (la Ley-marco Defferre), que suponía la definitiva participación de la población colonizada en la administración de sus territorios: se reducía la discriminación jurídica entre ciudadanos franceses europeos y locales, se aceptaba la participación autóctona tanto en las cámaras legislativas de la metrópoli como en 
las de cada territorio colonial, el sufragio universal y un colegio electoral único, así como un consejo de gobierno electo como poder ejecutivo local, plena incorporación de los africanos a la burocracia colonial y mayor respeto a su diversidad cultural. Esta línea se confirmó tras la llegada de De Gaulle al poder: la Constitución de la V República recogía el derecho de autodeterminación de los territorios de la nueva Comunidad francesa, una especie de Federación que incluía la metrópoli y sus doce colonias africanas, convertidas en estados asociados si aceptaban en referéndum. En principio sólo Guinea lo rechazó y se independizó en 1958, con Sékou Touré como presidente hasta 1984 de un régimen "socialista africano" de partido único. 


Ghana fue el primer país africano en alcanzar su independencia en 1957 bajo el mandato de Nkruma creador de un régimen socialista y presidente de la República desde 1960.

Posteriormente lo hicieron Nigeria (1960), Sierra Leona y Tanganika (1961), Uganda (1962), Tanzania (1963), Zambia y Malawi. (1964)

En el África francesa, en 1958, el general De Gaulle propuso un referéndum por el cual las colonias podían elegir entre la autonomía o una independencia. Tan sólo Guinea votó la independencia. El resto de los países (Costa de Marfil, Senegal, Gabón, Mali, Chad...) aceptaron las condiciones de los franceses. Pero el proyecto de la Comunidad Francesa jamás llegó a funcionar y en 1960 estos países accedieron a la independencia.

El resto de colonias también optó en 1960-1961 por la independencia, hasta crear catorce nuevos países, unos dentro y otros fuera de la Comunidad Francesa. Mauritania nació como república islámica, muy dependiente de Francia; dirigida por M. Ould Dada, con un régimen de partido único desde 1964 hasta 1978. La nueva Federación de Mali y Senegal se escindió poco después en sendas repúblicas. Modibo Keita fue el presidente de Mali, con una política progresista y no alineada hasta el golpe militar derechista de 1968. En Senegal, L. Sedar Senghor se mantuvo al frente del país hasta 1981, con un régimen presidencialista de partido único entre 1962 y 1976. 

En Costa de Marfil, F. Houphouët-Boigny fue presidente hasta su muerte (1993) de un régimen prooccidental de partido único desde 1963 hasta los años setenta, también muy ligada a la antigua metrópoli. Alto Volta (Burkina Faso desde 1984) fue liderado por M. Yameogo, presidente hasta 1966 de un sistema político que derivó hacia la dictadura y fue derrocado por un golpe de estado, al que siguieron otros. En Dahomey H. Maga gobernó hasta que en 1963 se abrió una serie de golpes de estado que acabaron en 1972 con el establecimiento de un régimen marxistaleninista y el cambio de nombre a Benín. Níger fue liderada por H. Diori al frente de una dictadura hasta 1974. Chad tuvo a F. Tombalbaye como presidente hasta 1976, con régimen de partido único desde 1963, apoyado por Francia, más la complicación de estar muy dividido entre poblaciones cristianas negras del sur e islámicas del norte. 

L. Mbá fue el hombre fuerte de Gabón con la colaboración, incluso militar de Francia. La República del Congo fue liderada por Fulbert Youlú hasta que en 1963 un golpe de estado asentó un sistema afrocomunista. La República Centroafricana estuvo presidida por D. Dacko hasta 1966, cuando otra intervención militar dio el poder a J. B. Bokassa, dictador hasta 1979. Madagascar proclamó su independencia bajo el gobierno de T. Tsiranana hasta 1972, con un régimen inspirado en el socialismo africano, pero muy ligado a Francia y a Occidente. De los mandatos a cargo de Francia, las antiguas colonias alemanas de Togo y Camerún, esta última fue regida bajo un régimen de partido único por A. Ahidjo, partidario del no alineamiento, pero muy dependiente de Francia. Togo tuvo al autoritario 
S. Olympio en la presidencia hasta su asesinato en el golpe de estado de 1963, que hizo de G. Eyadema el nuevo hombre fuerte del país hasta 2005. Por último, las Comores se transformaron en república federal y la Somalia francesa en Yibuti, en 1977

A partir de 1945, el proceso de descolonización adquirió un ritmo frenético. Los últimos reductos del colonialismo cayeron a mitad de los años setenta, a través de importantes movimientos nacionales revolucionarios. Pero la ruptura con el colonialismo no significó la pacificación de África.
La mayoría de los territorios del África británica alcanzaron la independencia de una manera pactada, a excepción de Kenia.

La influencia de Francia en sus antiguas colonias africanas se ha cuestionado desde hace décadas. Las protestas contra el CFA, apodado «la última moneda colonial», se han intensificado en los últimos años. Entre otros agravios, este acuerdo monetario priva a catorce países africanos de su soberanía sobre la política monetaria y los obliga a depositar la mitad de sus reservas en el Tesoro francés. En consecuencia, los llamados al fin del CFA son, ahora, bastante frecuentes. Los comentaristas suelen señalar el doble problema de la falta de soberanía sobre la política monetaria y de intrigas políticas históricas de Francia (golpes de Estado, corrupción, apoyo a autócratas) para mantener la zona monetaria y el estado de dependencia de sus miembros.

La independencia del África británica 

El África británica también fue descolonizada con cierta rapidez. El proceso se había abierto en 1946, con la aprobación de nuevas constituciones en las distintas colonias que fueron ampliando sus poderes hacia una autonomía plena. Primero fue Costa de Oro que se independizó en 1957 con el nombre de Ghana e incluyó el Togo británico. Su presidente fue K. Nkrumah, partidario del neutralismo y del socialismo africano, hasta 1966, cuando fue derrocado por un golpe de estado, el primero de los muchos que se sucedieron después. 



Ghana sirvió de modelo al resto. A partir de 1960 tuvo lugar la independencia de la mayor parte del África Occidental (Nigeria, Sierra Leona y Gambia) y Oriental (Somalia, Tanganica y Uganda) tras negociar con Gran Bretaña; aunque a veces el proceso fue lento por las rivalidades étnicas o la división entre los movimientos nacionalistas. En Nigeria había que poner de acuerdo a Ibos del este, poblaciones sudanesas (Hausa) islamizadas del norte, Yorubas del oeste, más la capital Lagos, importante puerto y nudo comercial. Cada grupo contaba con sus propios líderes, que luchaban por una mayor autonomía y por la africanización de las instituciones coloniales contra el dominio de los jefes tribales tradicionales. En 1951 y 1954 nuevas constituciones federales conllevaron una creciente autonomía, hasta la independencia en 1960, con A. Osman como presidente, quien gobernó hasta 1969, cuando fue derrocado por un golpe militar, el primero de una serie interminable. Al año siguiente una parte del sur se unió al Camerún francés. Los lazos con la metrópoli se cortaron en 1963 al proclamarse la República Federal. En 1967 comenzó la guerra de secesión de Biafra. Sierra Leona obtuvo la independencia en 1961. En Gambia, la independencia llegó en 1965 como monarquía constitucional dentro de la Commonwealth: hasta 1970 el país no se convirtió en República. 


En el África Oriental británica, una zona más atrasada, el peso de los jefes tradicionales era muy importante, pero también existía un notable grupo de colonos europeos y comerciantes árabes e indios. El primer país independiente fue Somalia, que recibió la independencia como República en 1960. La siguiente independencia fue la del mandato de Tanganica, antigua colonia alemana, que obtuvo la independencia en 1961. En 1964, la isla de Zanzíbar (habitada por árabes y africanos), que había conseguido la independencia el año anterior, se unió a Tanganica creando la República Federal de Tanzania. Uganda era una federación de pequeños reinos donde se habían conservado las instituciones africanas, más otros territorios bajo administración directa británica. El proceso terminó con una constitución federal que reconocía cierta autonomía a las monarquías. Desde 1966 se instauró un régimen de partido único de tendencia izquierdista y en 1971 el ejército, con apoyo británico, dio un golpe de estado y se implantó la dictadura de Idi Amín Dadá, que acabó aislado internacionalmente. 
La independencia más problemática fue la de Kenia, donde los colonos europeos habían usurpado las tierras fértiles del país. En 1944 Jomo Kenyatta creó la primera organización, la Unión Kenia Africana (KAU), que reivindicó mejores condiciones de vida para los africanos y, desde 1951, mayor representación en las instituciones coloniales. Entre 1952-55 los Mau Mau (organización terrorista integrada por campesinos de etnia kikuyu) emprendieron una campaña de asesinatos de europeos que fue reprimida sin piedad por las autoridades coloniales. Aun así, en 1954 se abrió el proceso institucional que posibilitó elecciones y la independencia en 1963, siendo presidente J.Kenyatta hasta 1978. 

En el África Central resultó imposible crear la federación planteada en 1953 por Londres con la colonia de Rodesia del Sur (Zimbawe) y los protectorados de Niasalandia (Malawi) y Rodesia del Norte(Zambia). Sus instituciones estaban copadas por colonos europeos, que tenían todo el control y contaban con apoyo del gobierno racista de Sudáfrica. Los distintos partidos nacionalistas africanos querían acabar con la Federación. En 1959 todos ellos fueron prohibidos y se desató la represión. Pero en Niasalandia triunfó el Partido del Congreso de Malawi y Londres decidió transferir el poder a un gobierno presidido por su líder Hastings K. Banda, que pronto abandonó la Federación y en 
1964 proclamó la independencia de Malawi. Algo parecido sucedió en Rodesia del Norte, donde el UNIP ganó las elecciones de 1962. Se constituyó un gobierno presidido por su líder K. D. Kuanda y en 1964 se declaró la independencia de Zambia. 


En Rhodesia del Sur los colonos blancos consiguieron prohibir el Partido Nacional Democrático y ganar las elecciones de 1962. El Frente Rodesiano aprobó nuevas medidas segregacionista y la represión sangrienta de nacionalistas africanos. En 1965 se proclamó la independencia y la salida de la Commonwealth. El régimen racista resistió hasta 1979 apoyado por Sudáfrica. En 1979 nacía Zimbawe. En el país vecino, Unión Sudafricana, se mantuvo el régimen segregacionista con Apartheid. Una minoría de 3,7 millones de blancos dominaba a una población negra de 15 millones. Se crearon falsos Estados negros (bantustanes o homelands), a modo de reserva superpobladas en zonas áridas donde se agrupó al 85% de la población (negros, mestizos e indios) y se practicó la más dura represión contra nacionalistas negros, sobre el Consejo Nacional Africano de Nelson Mandela. Esta política 
condujo a la ruptura con Gran Bretaña desde 1961, pero tuvieron que pasar tres décadas más para que el apartheid fuera abrogado. Entretanto, en Namibia, excolonia alemana controlada por la Unión Sudafricana desde 1918, guerrillas nacionalistas (SWAPO) lucharon desde los sesenta hasta 1990 por la independencia. Gran Bretaña se la había concedido hacía tiempo a los tres protectorados que rodeaban Sudáfrica: Bechuana, como Botswana en 1966; Basutolandia como Reino de Lesoto y, en 1968, Suazilandia. Las islas de Mauricio y Seychelles consiguieron la  independencia en 1968 y 1976 respectivamente.


La independencia del Congo Belga

En 1958, el Movimiento Nacional del Congo, dirigido por Patrice Lumumba, reclamó la independencia, aceptada por Bélgica en 1960. El 30 de junio de 1960 El Congo Belga alcanza la independencia de Bélgica bajo el nombre de República Democrática del Congo. 

Leopoldo II de Bélgica (1835-1909) pasará a la historia como uno de los mayores genocidas que ha conocido la humanidad. Además de su función como gobernante, este monarca fue un hombre de negocios sin escrúpulos. En la conferencia de Berlín de 1885, donde se decidió el reparto entre las potencias europeas de África, el monarca recibió, a título personal, el Estado Libre del Congo.

Leopoldo II de Bélgica explotó durante varios decenios el país. Aunque durante los primeros años la mayoría de los ingresos provinieron del marfil, la extracción de caucho se consolidó como la mayor fuente de divisas, ya que a partir de 1896 la demanda de este polímero de disparó en los mercados internacionales.

Poco importaban la vida o la salud de los congoleños, que día y noche, bajo unas condiciones de esclavitud inhumanas, sacrificaban su existencia para el enriquecimiento personal del monarca. Secuestros de menores, cortes de extremidades como castigo, violaciones, asesinatos masivos…fueron algunas de las horrendas técnicas que aplicaron las unidades de La Force Publique para someter la población local.

En un contexto donde el cumplimiento de la cuota o la sumisión significaban la delgada línea que separaba la vida de la muerte, el horror y la impunidad se convirtieron en norma. Se calcula que en unas 10.000.000 de personas fueron asesinadas bajo el reinado de Leopoldo II. El monarca, que nunca vio el terror en directo porque jamás puso un pie en su único territorio de ultramar, exterminó a la mitad de la población en 23 años.

El poder aplicado sobre la vida misma, así se podría definir la política de genocidio llevada a cabo por los belgas en la época del Estado Libre del Congo. Los congoleños, al ser clasificados como meros sujetos biológicos que aportaban mano de obra, se convirtieron en engranajes de un sistema de esclavitud aplicado a escala industrial.

Fueron numerosos los escritores, periodistas, activistas y hombres de negocios tanto estadounidenses como británicos que descubrieron y denunciaron públicamente las atrocidades cometidas en el Estado Independiente del Congo. La presión nacional e internacional sobre Leopoldo fue de tal envergadura que en 1908 se vió obligado a renunciar a la colonia. Según señalan los historiadores Ramón Villares y Ángel Bahamonde, en 1908, el Congo pasó, “como donación”, a titularidad del Estado Belga. La época colonial duró hasta la década de los 60, cuando el país logró su independencia.


La independencia del Congo belga se hizo de forma precipitada, sin apenas preparación. Grandes compañías explotaban las inmensas riquezas minerales del país con mano de obra local duramente explotada, sin otorgar a la población autóctona ningún tipo de participación política. La administración belga ejercía un control total, en colaboración con empresas y misioneros católicos. Pero el ejemplo de las otras colonias africanas, el desarrollo económico y los cambios sociales internos dieron lugar a una acelerada toma de conciencia nacional. Las reivindicaciones nacionalistas chocaron con la cerrazón de los colonos europeos. Pero en las primeras elecciones municipales con participación africana (1957) ganó un líder nacionalista que solicitó elecciones por sufragio universal y plena autonomía. En enero de 1959 se produjeron sangrientos motines en Leopolville. La situación económica se 
había deteriorado y Bélgica optó por conceder la independencia en 1960. 

El 30 de junio de 1960 El Congo Belga alcanza la independencia de Bélgica bajo el nombre de República Democrática del Congo. Sin embargo, para conservar los intereses de sus compañías mineras, los belgas dieron apoyo al movimiento secesionista. 

Muy pronto estalló una terrible guerra civil: la provincia de Katanga, al sur, muy rica en minerales, optó por la secesión apoyada por el capital belga que explotaba la región. El gobierno congoleño pidió asistencia a la ONU y amenazó con solicitar ayuda a la URSS. El país se sumió en la anarquía: secesión de otras regiones (Kasai), masacres étnicas e intervención militar. Las tropas de la ONU se negaron a luchar contra los secesionistas, Lumumba pidió material militar soviético, lo que le supuso la enemistad de EEUU y la intervención de la CIA. Al final Lumumba fue entregado a las autoridades de Katanga y asesinado. El golpe de estado del coronel Mobutu Sese Seko (1965) supuso el retorno del orden, pero inauguró una de las más largas dictaduras africanas, claramente alineada con los intereses occidentales.

Patrice Lumumba
Entretanto, la independencia de Ruanda y Burundi, antiguas colonias alemanas convertidas en mandatos tutelados por Bélgica desde 1918, se vio empañada por el enfrentamiento entre hutus y tutsis que tuvo lugar en ambos países. En Ruanda se proclamó la independencia en 1962, seguida del éxodo de miles de tutsis hacia países vecinos. Burundi optó por la monarquía constitucional hasta 1966, año en que se proclamó la República.

Los Estados ibéricos: trabas españolas y resistencia portuguesa

Frente a la posición de Gran Bretaña, Francia y Bélgica, que lograron encauzar la descolonización de sus territorios con relativa rapidez, España y Portugal trataron de retener sus colonias. En el caso portugués, la dictadura de Salazar consideraba su imperio africano un activo indispensable para el desarrollo económico metropolitano y un elemento central de la identidad nacional portuguesa. Su respuesta a la presión de los nuevos países afroasiáticos y de las Naciones Unidas fue una estrategia de integración: negar la existencia de colonias al transformar éstas(Guinea-Bissau, Mozambique, Angola y las islas de Cabo Verde,Santo Tomé y Príncipe) en “provincias”. Sin embargo, la dureza del régimen colonial que sólo comenzó a modificarse con las medidas reformistas del ministro Adriano Moreira en 1961-1962, dio lugar a la creación de movimientos nacionalistas apoyados por los países vecinos o anticolonialistas. En Guinea-Bissau el Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde (PAIGC) de Amílcar Cabral inició una guerra de guerrillas desde 1963, táctica seguida
por el Frente para la Liberación de Mozambique (FRELIMO). Otro tanto sucedió en Angola. El Portugal salazarista sostuvo una dura guerra en los tres escenarios, para lo que contó con apoyo de Sudáfrica y Rodesia del Sur, pero también de Francia y Alemania,una vez que su causa se convirtió en aliada de intereses occidentales. La resistencia portuguesa se derrumbó en 1974 cuando la “revolución de los claveles” hizo caer la dictadura: 1975 fue el año de la independencia, pero no de la paz en Angola y Mozambique.

La España de Franco optó por seguir la posición portuguesa y retener sus territorios aplicando una política de “provincialización”.

Sin embargo, el temor a un nuevo aislamiento internacional por la presión de Naciones Unidas y la simultánea demanda española a Gran Bretaña de Gibraltar en ese organismo llevaron a la dictadura a aceptar la descolonización, aunque con un ritmo lo más lento posible. En Guinea los primeros movimientos nacionalistas aparecieron a finales de los años cincuenta, en protesta por un régimen colonial que también había supuesto la explotación de tierras a favor de los colonos europeos, el trabajo forzado, un Estatuto discriminatorio para los africanos y escasa preocupación por la educación de estos. Por fin en 1963 se aprobó un régimen de autonomía con un plan de desarrollo para la colonia. 

A un tiempo se trató de encauzar y controlar el proceso final con objeto de proteger los intereses económicos españoles y por ello se fomentó un partido oficialista (MUNGE), dirigido por Bonifacio Ondó. En octubre de 1968 se proclamó la independencia de Guinea como República Federal. En las elecciones triunfó el paranoico Francisco Macías, que antes de un año encarceló o asesinó a sus rivales políticos e instauró una dictadura hasta que en 1979 fue derrocado por su sobrino Obiang, nuevo dictador desde entonces. En el Sahara, el descubrimiento y explotación de las ricas minas de fosfatos de Fos-Bucra y las aspiraciones expansionistas de Marruecos complicaron el proceso. En 1975 España se retiró del territorio sin concluir la descolonización, atenazada por la llamada Marcha Verde justo en el momento en que la apertura de la transición política, con Franco hospitalizado, resultaba inminente. Comenzó de inmediato la resistencia armada del Frente Polisario contra el control marroquí de su territorio, que fue el inicio de un conflicto aún hoy irresuelto.
 
En esta época también se produjeron las últimas descolonizaciones de los países árabes del Próximo Oriente: en 1961 Kuwait se independizó como Emirato; en 1967 le tocó a la británica Adén, que se transformó en la República Democrática y Popular de Yemen del Sur. Finalmente, Qatar, Bahréin y los Emiratos Árabes Unidos se constituyen en estados en 1971. Así mismo se abrió la descolonización de Oceanía y de las últimas colonias americanas en el Caribe. Primero fueron los mandatos de Samoa Occidental (1962) y Nauru (1968) por Australia; Jamaica y Trinidad-Tobago (1962), Barbados y Guyana (1966). El proceso culminó con la independencia de las cinco repúblicasexsoviéticas de Asia Central en 1991.

Todos estos jóvenes estados se agruparon en la Organización para la Unidad Africana (OUA), fundada en 1963. Su principal preocupación fue evitar los conflictos fronterizos y secesionistas que daban lugar a brutales guerras civiles como la de Katanga o la de Biafra que asoló Nigeria en 1966-1970. Uno de los grandes problemas africanos es que las fronteras fueron decididas en Londres o París, sin tener en cuenta la realidad tribal existente previamente. Tras la descolonización, los conflictos entre estados que no responden a realidades nacionales o las guerras civiles entre grupos étnicos o tribales dentro de un mismo estado.
Nelson Mandela

La plena soberanía alcanzada por las naciones tras la independencia no ha supuesto para la inmensa mayoría de ellas una mejora en las condiciones de vida de sus habitantes. La evolución de muchos países se ha visto frenada por conflictos que son consecuencia de una inestabilidad estructural. A menudo se han sucedido enfrentamientos y golpes y contragolpes de estado, fruto de los partidos políticos que sirvieron en su momento de catalizadores de la independencia. La tendencia al “partido único” ha sido algo a lo que pocos países se han sustraído, justificando así las dictaduras militares y los gobiernos revolucionarios. Los ejércitos han desempeñado frecuentemente un papel protagonista, aunque frecuentemente se ha visto dividido entre una mayoría de soldados analfabetos y una minoría de oficiales aculturados y ligados a la modernidad. Conflictos fronterizos y étnicos como los presentes de Centro-África vienen a completar este panorama.


Desarrollo, neocolonialismo, opciones ideológicas e internacionales de los nuevos países. 

Décadas de explotación colonial, de destrucción de las estructuras económicas tradicionales, trabajo forzado, desigualdad jurídica y segregación racial, con la desestabilización de las sociedades y culturas indígenas, dejaron una impronta duradera en los nuevos estados. Sus dificultades políticas y económicas tras la independencia se han achacado a la larga tutela colonial, por no haberles preparado para romper los lazos de dependencia. De alguna manera, las antiguas metrópolis sentaron las bases de la modernización en infraestructuras de transportes, administración, educación y sanidad, incluso en el ámbito de la política. Tras la independencia se establecieron nuevas relaciones de cooperación con las exmetrópolis a través de la Commonwealth, en el caso británico, y de los acuerdos bilaterales firmados con Francia o con alguna de las potencias industriales. Sin embargo, en muchos casos, en lugar de ayuda al desarrollo, estos lazos fueron un neocolonialismo, una forma indirecta de control a través de vías económicas, comerciales y financieras, técnicas, incluso culturales, teniendo en cuenta que en muchos países las lenguas europeas se mantuvieron como oficiales. 


En su nueva senda como estados, unos gobiernos optaron por mantener el sistema capitalista heredado, la alineación occidental y buenas relaciones con las respectivas exmetrópolis; otros se decidieron por la vía socialista o comunista, a veces se aproximaron a la URSS o China, y sus relaciones con las antiguas potencias coloniales fueron más complejas. Pero ninguna de las dos alternativas garantizó un desarrollo armónico y mucho menos un sistema de libertades democráticas. El subdesarrollo se convirtió en el rasgo común. La integración de estas economías en el mercado mundial se hizo en condiciones de extrema vulnerabilidad, dada su dependencia, su escasa diversificación y su fragilidad ante cambios en el proceso de producción o de la coyuntura económica internacional. 

Todas esas deficiencias se vieron agudizadas por el rápido crecimiento de la población. El relativo crecimiento económico no fue suficiente para traducirse en una mejora sustancial del bienestar general y sólo una parte de la sociedad se benefició. A partir de 1970, los problemas de la deuda con los países industrializados aún empeoraron la situación. El resultado fue un mundo rural superpoblado, que dio lugar a un enorme flujo de emigración a las ciudades y un proceso de rápida urbanización, concentrada en muy pocas poblaciones sin servicios y rodeadas de cinturones de suburbios pobres. La sociedad resultante era muy desigual, con una débil clase media y un nivel de vida general muy bajo, malnutrición e insuficiencias médico-sanitarias; mucho paro, subempleo y trabajo infantil; altos niveles de analfabetismo y carencias educativas que contribuían a la pervivencia de prejuicios, costumbres y tabúes ancestrales. 

No obstante, en términos socioeconómicos hubo marcadas diferencias entre los distintos grupos de países, lo que llevó a hablar no de un Tercer Mundo, sino de varios, y a optar por una terminología más neutra desde los años setenta. Se empezaron a utilizar como categorías generales “Norte” y “Sur”, para diferenciar entre países desarrollados y en proceso de desarrollo, con el nivel de renta per cápita como baremo general. En el Sur se distingue por orden decreciente entre “países en desarrollo” y “países menos adelantados”.

En el ámbito político, los nuevos países han tenido graves problemas para la construcción de sus estados nacionales. 

La multiplicidad étnica en muchos de ellos por la arbitrariedad de las fronteras trazadas en época colonial, la introducción de poblaciones extranjeras o la promoción de unos grupos étnicos sobre otros fomentadas por las administraciones coloniales o tras la independencia y su utilización por intereses políticos y económicos nacionales o extranjeros provocaron que, en muchos casos, el etnicismo se convirtiera en un lastre. A pesar de la creación de estados federales y de las políticas de nacionalización para fomentar un sentimiento nacional, la prevalencia de las identidades étnicas ha provocado tragedias terribles. Un ejemplo fue en Nigeria donde en las primeras elecciones de 1960 ganaron las etnias del norte y pocos años después los ibos del este intentaron la secesión y proclamaron la República de Biafra. Fue el inicio de una terrible guerra 1967-1970, que dio lugar a una gravísima crisis alimentaria, 
utilizada como arma más, con resultado de unos 600.000 muertos. 

En la década de los sesenta ya hubo guerras civiles en Congo, Eritrea, Camerún, Mali, Yemen, Omán, Kenia, Chad, Nigeria, Laos y Camboya. Aun cuando la descolonización se realizase de forma pacífica y se institucionalizaran sistemas políticos liberal-democráticos al estilo occidental, pasados unos años, la mayoría de países terminaron dominados por regímenes autoritarios. Las características generales de los nuevos estados fueron la fragilidad institucional, el continuado intervencionismo del ejército, administraciones poco competentes y corruptas, personalismo político, mantenimiento del control por parte de las oligarquías tradicionales, ausencia de una cultura democrática y una débil sociedad civil. Otro ejemplo sería Ruanda con el conflicto entre hutus y tutsis; la minoría Karen de Birmania, o la minoría tamil en Siri Lanka. 

Por regiones, en el África subsahariana se sucedieron golpes de estado que impulsaron regímenes autoritarios y dictaduras de diverso tipo, en la mayoría de los casos sobre la base de partidos y sindicatos únicos. 

En el Norte de África, se consolidó la monarquía autoritaria de Marruecos, que con Hassan II, sucesor de Mohamed V en 1961, alternó períodos muy represivos con ensayos de liberalizar un régimen marcado por la corrupción y los abusos de la administración. En Túnez, la monarquía del Bey fue derrocada por un golpe de estado que dio el poder a H. Burguiba, con un régimen de partido único, reformista y modernizador, despegado de la tradición islamista y árabe. Ambos países adoptaron una posición prooccidental, en contraste con Argelia, donde se organizó una República democrática y popular, de religión oficial islámica, con el FLN como partido único bajo los principios del 
socialismo, desplazado en 1965 por el golpe de Huari Bumedian. El nuevo líder amplió el proceso de nacionalización de la economía y dio apoyo a todo tipo de movimientos revolucionarios. Libia siguió un camino similar a partir del golpe de estado de M. Gaddafi en 1969, con su socialismo árabe respetuoso con la doctrina islámica. 

En el Próximo y Medio Oriente, junto a las monarquías tradicionales y semifeudales de Arabia, Yemen, Jordania, Irán y Afganistán, se mantuvieron los regímenes inspirados en el socialismo de Nasser, en Egipto, y del Baas en Siria e Irak. Estos últimos oponían a aquéllas un nacionalismo panarabista, laico y modernizador, atizado por el conflicto árabe-israelí, aunque su rivalidad por el liderazgo de la causa panárabe les impidiera colaborar más entre sí. El nacimiento del islamismo radical actual tiene mucho que ver con el doble de fracaso del socialismo árabe y del inmovilismo político tradicional para conseguir un desarrollo socioeconómico sostenido en la región. En 1968 y 1970 se produjeron sendos golpes de estado que dieron paso a regímenes en Irak, con Saddam Hussein y Siria, Hafez el-Assad. 



En Asia, sólo India, Ceilán, Malasia y Singapur lograron mantener una democracia parlamentaria de tipo occidental, aunque con rasgos autoritarios en los dos últimos. En India, a pesar del éxito de sus planes quinquenales de industrialización y de la prioridad de la autosuficiencia alimentaria, la producción agraria no aumentó lo suficiente como para cubrir las necesidades de una población en constante crecimiento. La tensión con China obligó, además, a incrementar el presupuesto militar. El resto de países de la región sufrieron dictaduras de distinto tipo: militar y socialista en Birmania entre 1962-1988; militar y oligárquicas en Filipinas, Tailandia, Pakistán, Corea del Sur y Taiwán. Mientras el sistema comunista se impuso en Corea del Norte, Mongolia, Vietnam, Laos y Camboya. 

En el ámbito internacional, los países afroasiáticos fueron adquiriendo visibilidad pública a partir de Bandung (1955) y siguieron reivindicando la necesidad de una coexistencia pacífica, rechazando la política de bloques y condenando el colonialismo resistente. Sus plataformas de actuación fueron la Asamblea General de Naciones Unidas, las organizaciones regionales, como la OUA (Organización de la Unidad Africana, creada en 1963) y el Movimiento de Países No Alineados. Sin embargo, la unidad del grupo fue más aparente que real. Tras la independencia se produjeron un rosario de enfrentamientos entre países del bloque no alineado. Por otra parte, el contexto internacional bipolar influyó muy negativamente, pues casi ningún país pudo sustraerse de la atracción y presión ejercida por las grandes potencias. 

Las dificultades para crear una Tercera fuerza internacional realmente independiente se confirmaron pronto. En 1964, durante la II Conferencia en El Cairo, India, Yugoslavia y Egipto ya se negaron a adoptar las radicales posiciones antioccidentales reclamadas por China e Indonesia. La siguiente cumbre (Lusaka, Zambia) no pudo celebrarse hasta 1970. Las distancias entre países progresistas revolucionarios, contrarios al imperialismo norteamericano, muchos insertos en el bloque socialista, y países más moderados, anticomunistas, acusados de plegarse al neocolonialismo, crecieron. Así a un lado se encontraron los países de América Latina ligados a EEUU más los asiáticos del ASEAN o 
africanos conservadores como Túnez, Marruecos, Kenia, Zaire y casi todos los ligados a Francia. Al otro lado se situaban Cuba, China, Indonesia, Egipto, Argelia, Libia, Guinea, Ghana, Malí o Tanzania. 

El Movimiento de Países no Alineados se fue institucionalizando desde 1970 y ha sido relevante no sólo por su denuncia al imperialismo, el neocolonialismo y el racismo, sino también por dotar de una doctrina internacional orientadora a los nuevos países. Además ha servido para reivindicar medidas en busca de una salida al subdesarrollo, problema común por encima de las divergencias políticas e ideológicas. Se reclamó la instauración de nuevas reglas económicas mundiales basadas en el principio de la soberanía integral de cada estado sobre sus recursos y actividades. Se produjeron arreglos para la reducción de la deuda pública y acuerdos comerciales beneficiosos. El acuerdo de los países industrializados adoptado en la a II Conferencia de la UNCTAD (1968) de destinar el 0,7% de su PIB en ayudas (en 1970 era del 0,4%) está aún por cumplir.


América Latina: entre el crecimiento y la revolución 

Desde 1945 esta región experimentó un significativo crecimiento económico que, sin embargo, no se tradujo en estabilidad política. La gran depresión de 1929 tuvo un fuerte impacto en la economía latinoamericana, basada en el sector exportador de materias primas y productos agropecuarios, muy vulnerable a los vaivenes del comercio y la financiación internacional. La reacción proteccionista se compaginó con la búsqueda de una reorientación de la economía: comenzaron las políticas de “sustitución de importaciones”, con facilidades para la puesta en marcha de industrias de bienes de consumo e industrias ligeras. Los problemas comerciales causados por la Segunda Guerra  Mundial facilitaron la continuidad de esta política al dificultar la importación de manufacturas de los países beligerantes, aunque la demanda bélica facilitó las exportaciones de países como Brasil, México o Argentina.


Desde 1945 se mantuvieron las políticas autárquicas (aranceles, subsidios) y el modelo de industrialización. Sin embargo, esta estrategia precisaba de nueva tecnología e infraestructuras, con inversiones que sólo el estado podía abordar. Así que la intervención estatal creció y ya no sólo protegió a las industrias nacientes, sino que suplió a los inversores privados. Al tener garantizado un mercado cautivo, los industriales dejaron de preocuparse por mejorar la productividad de sus empresas y el estado terminó financiando con déficit público empresas cada vez menos competitivas. Estas políticas fueron avaladas por los sindicatos que moderaron la conflictividad laboral a cambio de seguridad en sus puestos de trabajo y salarios dignos. Además se beneficiaron de la fuerte demanda internacional de la primera posguerra y de los años de la Guerra de Corea, con una coyuntura global expansiva hasta 1973; también de las nuevas políticas de desarrollo de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina); de la creación del Banco Interamericano de Desarrollo (1959); de la puesta en marcha del Área Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) en 1960, seguida de la fundación de organizaciones regionales como el Mercado Común Centroamericano (MCCA), la Zona de Libre Comercio del Caribe (CARIFTA, 1968) y el Pacto Andino (1969); así la puesta en marcha  de la Alianza para el Progreso desde 1961 y de la llegada de inversiones externas, sobre todo norteamericanas. 

En consecuencia, la economía planificada e intervenida, justificada con un discurso nacionalista se generalizó y, con ella, florecieron empresas públicas, agencias encargadas de promover la industria y los productos nacionales, bandos de desarrollo, etc. Este modelo de crecimiento hacia dentro permitió que entre 1945 y 1973 aumentase el PIB y la producción industrial de la región. Ese dinamismo económico redujo la dependencia del exterior, amplió el peso del sector secundario y propició una mayor integración de los mercados internos. Además, permitió incrementar el gasto público, financió adelantos en comunicaciones, mejoras en la sanidad, en la educación, una más eficaz administración pública, incluso reformas agrarias en Bolivia (1952), Perú (1969-1975) y Venezuela (1960), entre otros. A corto plazo, hubo una mayor movilidad social, un mejor reparto de los ingresos y se redujo la pobreza. Los avances socioeconómicos fueron compensados por el elevado crecimiento demográfico de la región. Hubo resultados desiguales según los países: se beneficiaron más, en términos de modernización de estructuras productivas y crecimiento del mercado interno, las economías que antes adoptaron este tipo de políticas, la mayoría grandes y con una base industrial previa (Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Uruguay); menos, aquellos países que siguieron basando su crecimiento en el modelo exportador de materias primas y se sumaron a la corriente principal en los setenta (Bolivia, Ecuador, Paraguay, Perú, Venezuela, Centroamérica). 

Cuba se mantuvo al margen desde 1959 al adoptar el modelo de planificación central socialista. 
Hacia 1973 la tendencia positiva de las economías latinoamericanas cambió y se empezaron a poner de manifiesto las limitaciones de las políticas ejecutadas: descuido del sector agrícola y una industria muy subsidiada y protegida en expansión, pero muy poco competitiva, lo que se traducía en un recorte de las exportaciones y la caída de las divisas disponibles. Tampoco se encararon las reformas estructurales que se necesitaban: económicas (menor protección), fiscales (para paliar la enorme y crónica desigualdad de riqueza), ni sociopolíticas (hacia administraciones públicas más eficientes, garantías jurídicas, separación de poderes…). Al mismo tiempo, los compromisos con los sindicatos llevaron a mantener altos los salarios de los trabajadores con contratos formales, pero la incapacidad para crear suficientes puestos de trabajo que absorbieran el rápido crecimiento demográfico y la brutal emigración procedente de áreas rurales hizo que el paro y la pobreza volvieran a convertirse en una característica común en el subcontinente. La crisis del petróleo de 1973 y 1979, más la crisis de la deuda externa desde 1982 terminaron borrando buena parte de los avances de la década anterior. 

Desde el punto de vista político, América Latina había vivido desde la década de los años veinte un proceso de cambio político acelerado, como consecuencia de los procesos de urbanización, secularización, alfabetización, movilización y demanda de participación política y reformas sociales de grupos antes excluidos del estrecho marco impuesto por los regímenes liberales bajo control de oligarquías tradicionales. A distinto ritmo, según el país, se fueron incorporando a la vida política los sectores medios urbanos y el proletariado industrial, sobre todo. Sin embargo, el impacto de la crisis de 1929 y de las nuevas corrientes autoritarias europeas, provocaron profundas convulsiones con la proliferación de dictaduras militares y regímenes autoritarios. En la década de 1930 apenas 
Colombia y Costa Rica aguantaron con su sistema constitucional intacto. 

Las dictaduras patrimonialistas de Anastasio Somoza en Nicaragua y Rafael L. Trujillo en la República Dominicana fueron las más duraderas. Los otros gobiernos autoritarios fueron el reflejo de los intereses de los sectores poderosos tradicionales, respaldados por las fuerzas armadas y en algunos casos por una parte de las clases medias, asustadas por la crisis. Algunos ensayaron desde esa época un modelo político, el populismo, difícil de definir por sus heterogéneos componentes ideológicos y llamado a tener gran continuidad en la región. Tuvo su raíz en la aparente incapacidad del liberalismo y sus élites económicas para impulsar el bienestar general y en el nuevo protagonismo otorgado al Estado para cumplir ese objetivo interviniendo en la economía. Así que se buscó un incremento de los 
poderes del ejecutivo (presidencialismo), con la simultánea postergación de derechos y libertades individuales y valores democráticos, en aras del interés nacional y de la eficacia del estado para generar desarrollo sin dependencia exterior. El discurso político se aderezó con un fuerte nacionalismo y antiimperialismo, mezclando elementos fascistas y reaccionarios con otros progresistas. Con la excepción del peronismo, donde el sindicato de la Confederación General del Trabajo (CGT) tuvo una gran fuerza, en los populismos americanos solían convivir movimientos-partidos populares fuertes con sindicatos débiles. Las políticas de gasto público y las fiscales engrasaban las lealtades creando verdaderas clientelas políticas. La propuesta ideológica pretendía ser una especie de tercera vía, entre el capitalismo y el socialismo. 

La situación de pobreza y desigualdad existente más la debilidad institucional y el descrédito del sistema político explican el atractivo del modelo en la región, tanto en países que aplicaron tempranamente las políticas de sustitución de importaciones, de desarrollo hacia adentro, como en aquellos que mantuvieron durante más tiempo el modelo económico exportador. Sin embargo en ambos casos la trayectoria fue la misma: en un primer momento se lograron éxitos con programas de creciente gasto público; pero pronto surgieron problemas de déficit e inflación, fuga de capitales…, que obligaron a políticas más ortodoxas causantes de malestar y graves problemas políticos. 

El panorama autoritario de los años treinta comenzó a cambiar conforme el signo de la Segunda Guerra Mundial basculó hacia el triunfo aliado. Se abrieron procesos democratizadores, aunque en algunos casos tutelados por militares en la sombra. Esta tendencia democratizadora fue, sin embargo, contenida desde 1948 por golpes de estado favorecidos por el clima de Guerra Fría y por la nueva política anticomunista de Washington, que firmó, además, diversos acuerdos bilaterales de asistencia militar, apoyó la prohibición de los partidos comunistas y dio apoyo a dictaduras militares instauradas en la región. Las nuevas dictaduras anticomunistas se sumaron a las ya consolidadas en la región centroamericana y caribeña donde la excepción fue Costa Rica. 

De nuevo a finales de los años 1950 y principios de los 1960 se reabrieron procesos democráticos en algunas repúblicas que fueron apoyados inicialmente desde EE.UU. por la administración de J. F. Kennedy. Cayeron las dictaduras colombiana, venezolana y cubana y en 1961 Trujillo en la República Dominicana fue asesinado. Luego hubo siete nuevos golpes de estado hasta 1964, porque la evolución política del nuevo régimen de Fidel Castro en Cuba tuvo un impacto imprevisto en la región. Ideológicamente, el movimiento guerrillero M-16, que venció a la dictadura de F. Batista, incluía sectores liberales, progresistas y marxistas. Cuando el 1 de enero de 1959 cayó la dictadura de Batista, abandonada por EE.UU. meses antes, su líder, Fidel Castro impulsó reformas económicas y sociales con amplio respaldo popular: reforma agraria y nacionalización de industrias, bancos y refinerías de petróleo, campañas de alfabetización y mejoras sanitarias. Sin embargo, Castro se resistió a institucionalizar la revolución y a convocar elecciones y pronto impulsó un giro autoritario y personalista, con un discurso antiimperialista y nacionalista. 


Al principio, el régimen fue bien acogido por la opinión pública internacional y fue reconocido por EE.UU. Sin embargo, ante las medidas contra intereses norteamericanos, EE.UU. comenzó a presionar al nuevo régimen con la amenaza de suprimir la cuota azucarera, principal fuente de divisas de Cuba. Entretanto, Castro se había declarado neutralista y había dejado que los comunistas controlasen sectores políticos importantes. En febrero de 1960 la URSS se ofreció a enviar petróleo y a comprar el azúcar necesario para sostener el régimen cubano y los lazos bilaterales empezaron a cobrar importancia. El castrismo también había emprendido iniciativas en Panamá y República Dominicana para extender la revolución. En enero de 1961 las relaciones con EE.UU. se rompieron y en abril se produjo el fallido desembarco en Bahía Cochinos. La respuesta fue la definición del régimen cubano como República Socialista. En 1962 vino la crisis de los misiles. 

Desde EE.UU., para prevenir la expansión del castrismo, el presidente J. F. Kennedy puso en marcha en 1961 el programa de la Alianza para el Progreso. La filosofía de partida era que, sólo promoviendo un rápido crecimiento económico, con industrialización y reformas agrarias, más la ayuda de la integración económica regional, se podrían dar unas condiciones económicas que, sumadas a programas de alfabetización y mejoras sanitarias y sociales, reformas fiscales y una mejor distribución de la renta, permitieran la plena integración de las masas en un marco democrático. Todos los países, excepto Cuba, se adhirieron. 


Sin embargo, buena parte de los gobiernos no afrontaron las reformas necesarias: la Alianza sólo resultó útil allí donde hubo interlocutores dispuestos a colaborar en el proceso de democratización y modernización de sus países, como fue el caso de Venezuela, Bolivia y Chile. Y, sobre todo, el programa reformista de Kennedy se desvirtuó al ser asesinado su promotor. Los gobiernos de Johnson y Nixon no mantuvieron las mismas prioridades. La seguridad y la defensa de las inversiones primaron sobre los objetivos de desarrollo. Desde Washington se empezó a considerar a las Fuerzas Armadas como un instrumento indispensable para la contención del comunismo y la estabilidad política y se facilitó su rearme y modernización con tratados bilaterales. 

En paralelo, la revolución cubana sirvió de acicate a la izquierda radical que imitó la creación de “focos” guerrilleros rurales para la conquista del poder, con ayuda de revolucionarios como el Che Guevara o Regis Debrays en Guatemala, Honduras, República Dominicana, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Brasil. Estos movimientos guerrilleros, respaldados por Cuba, quedaron enfrentados a veces a los partidos comunistas prosoviéticos, cuyas estrategias de frente popular eran contrarias al empleo de la lucha armada en el contexto americano según la consignas de Moscú. Además eran años de convergencia entre la izquierda revolucionaria y los sectores del cristianismo más comprometido con los pobres, influidos por los cambios eclesiásticos del Concilio Vaticano II y la teología de la liberación. Las reforzadas Fuerzas Armadas latinoamericanas comenzaron a participar en la prevención y lucha contra las guerrillas revolucionarias. Nació la Doctrina de la Seguridad Nacional que dio cobertura ideológica a los golpes de estado y a la consiguiente represión. 


Ante el desequilibrio creciente entre crecimiento económico y demandas sociales, las nuevas formas de movilización social y activismo político de carácter populista, toleradas por los regímenes constitucionales, dieron a los sectores más afectados por los problemas económicos el cauce para expresar su descontento. La conflictividad social, atizada por el nuevo radicalismo revolucionario en algunos países, amenazó la estabilidad de los gobiernos civiles, controlados casi siempre por los grupos sociales dominantes. Estos últimos sintieron peligrar sus posiciones y se mostraron proclives a soluciones de fuerza, considerando, además, que este tipo de salida institucional era necesaria a fin de acometer las reestructuraciones necesarias para salir de la crisis, bien a través de políticas ortodoxas de ajuste, bien promoviendo un cambio industrial acelerado. Como las Fuerzas Armadas estaban dispuestas para ejercer el papel de actores privilegiados del proceso, el resultado fue una oleada de golpes militares. 

Desde mediados de la década de 1960 se instauraron nuevos regímenes dictatoriales con rasgos bien distintos de los que habían caracterizado a las dictaduras tradicionales que asaltaban el poder como una solución temporal. Los nuevos regímenes trataban de reorganizar la nación de acuerdo con una ideología o ideario más o menos elaborada que legitimaba la lucha contra la subversión. El Ejército excluía del proceso político a las organizaciones sindicales y políticas con una estructura rígida que era controlada burocráticamente por represivas agencias nacionales de seguridad y niveles de coerción sin precedentes. No sólo se restringían libertades civiles y sindicales, sino que se buscaba erradicar con cualquier método las bases del poder de la izquierda. 



El nuevo militarismo suponía el gobierno de la institución militar en bloque, como corporación, frente a las dictaduras personales, y prescindió de los partidos políticos en cuanto que organizaciones representativas de la sociedad civil en el estado, porque prefería la apatía de las masas. Estas dictaduras funcionaron con una mentalidad jerárquica, básicamente conservadora. Al final, el ejecutivo dependía de la voluntad política de las Fuerzas Armadas y de la burocracia técnica, únicos contrapesos del todopoderoso ejecutivo militar. Los militares creyeron en la necesidad de un gobierno autoritario como condición sine qua non para asegurar el crecimiento y la modernización económica, pues solo si se controlaban las formas de expresión política podrían ponerse en marcha programas de austeridad económica, primer paso para estabilizar los indicadores económicos, atraer la inversión y los préstamos 
internacionales y para conseguir el crecimiento económico. 


Los caracteres represivos marcaron la trayectoria de casi todas las dictaduras, excepción de algunas reformistas y nacionalistas: Alvarado en Perú (1968-75), Torren en Bolivia (1970-71) y Torrijos en Panamá (69-81). En Brasil, Goulart, que pretendía profundas reformas (legalizar el PC, voto a analfabetos…) fue depuesto en 1964. Los militares golpistas empezaron un proyecto para reconstruir la sociedad combinando represión y estabilización económica que, tras unos años de crecimiento, desde 1974 se enfrentaron a la impopularidad y el estancamiento económico. En Argentina, el general Onganía acabó con su golpe con la alternancia de gobiernos civiles y militares tras la caída de Perón, pero la división en las fuerzas armadas, la movilización sindical y estudiantil desde 1969 y los sectores 
prodemocráticos obligaron al general Lanusse a liquidar el régimen. Entre 73-76 durante las presidencias peronistas de Cámpora y J. D. Perón y M.E. Perón la crisis de agudizó y una Junta Militar se hizo con el poder (1976-82) presidida sucesivamente por Valera, Viola y Galtieri, que acabó con la crisis de las Malvinas.



En Chile, que atravesaba una profunda crisis, cayó Allende en 1973. La radicalización del gobierno había llevado a la polarización social. La extrema izquierda había articulado un movimiento guerrillero y la extrema derecha usaba la violencia indiscriminadamente. Pinochet, con apoyo de la CIA, se hizo con el poder hasta 1989. Uruguay, en pleno declive económico y agotamiento del sistema, recurrió en 1968 a la solución autoritaria, liderada por un civil, que se transformó en militar en 1976. En Bolivia, Velasco Ibarra adoptó poderes dictatoriales con apoyo militar y en 1964, el General Rodríguez Lara adoptó una dictadura militar hasta 1979. Ecuador tuvo gobiernos militares entre 1962-66. 
Paraguay estuvo entre 1954-1989 en manos del general Stroessner. Toda América Central (excepto Costa Rica y Nicaragua desde 1979 con la Revolución Sandinistas) estuvo bajo el autoritarismo militar. 

Hasta la década de los ochenta, bajo la sombra de la crisis económica de la deuda, no se pusieron en marcha los procesos liberalizadores y de transición a la democracia, que desembocaron en la restauración de sistemas constitucionales y en la apertura política de aquellas democracias meramente formales

4 comentarios:

  1. Tengo entendido que los colonizadores belgas, dejaron El Congo, pero siguen explotando las minas de diamantes, para Bélgica ,claro. Los europeos llegaron a acuerdos entre ellos; a los africanos los abandonaron a su suerte, de ahí las guerras civiles o no civiles, por los territorios, comida y la vida y tantísimo sufrimiento, hasta hoy.

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  2. LA VERDAD QUE CUANDO TE LEO....ME INSTRUYO
    QUE GRAN TRABAJO
    ...GRANDE

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  3. Gracias por este articulo.

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