miércoles, 14 de octubre de 2026

TRISTEZA

Las lágrimas amargas que manan de mis ojos se juntan con los ríos de sangre de mis entrañas, creando una tinta roja cuyos afluentes desembocan en el del delta de tu cuerpo, mientras me desnudas con tus ojos color esmeralda dejándome indefenso como un cachorro que busca el calor de su madre.

Hay días en la vida en los que no pasa nada, días que pasan sin nada que recordar, sin dejar rastro, que casi nunca se vivieron. Pensándolo bien, la mayoría de los días son así, y solo cuando el número de personas que quedan se vuelve claramente más limitado, uno empieza a preguntarse cómo fue posible dejar pasar a tantas, distraídamente. Pero así somos: solo después aprecias lo primero y solo cuando algo queda en el pasado comprendes mejor cómo sería tenerlo en el presente. Pero se fue.

No sé si es por algo que he dicho, algo que en un pasado hice y sufro el cruel castigo por mis pecados. Mas, ¿ qué puedo hacer yo como ser humano, como mortal que soy, como un grano de fina arena en el inmenso desierto del tiempo, donde las negras sombras proyectadas por las alas de los buitres crean una atmósfera de depresión y de temor al mismo tiempo?

Y un día te despiertas asombrado y de repente te das cuenta de que estos ya no son aquellos días fantásticos en el jardín de infancia de juegos, de amigos, y si miras a tu alrededor no ves las cosas de siempre, sino un perfil vago e indistinto...

Y un día caminas por la calle y de repente te das cuenta de que ya no eres el mismo que fue al colegio por la mañana, que el mundo te espera ahí fuera y casi te rindes, comprendiendo que, latido a latido, es la edad la que vuela...

Nadie me quiere ni yo quiero a nadie ni creo en dios, ni dios tiene un plan para mí ¿Cuántos litros he de derramar para que sepa el mundo que este no es mi lugar?  ¿Dónde perecen los amantes de la muerte de la paz eterna?. No soy capaz de amar, coger cariño a la gente para mí Es como nadar para un colibrí. Mi corazón esta acorazado a un armazón de fuego, hielo, ira, tristeza engendrada pero mi corazón esta lleno de cicatrices tan grandes como las de mis brazos Tan grandes como las de mi pecho, tan grandes como…Es igual, el mundo seguirá igual. ¿Por qué presionar? Este hombre se siente ya un muerto, su alma le pesa y se arrastra por las tinieblas de la ira.

Suplico de rodillas tu perdón. ¿Por qué me lo niegas? Puedo cambiar, soy humano: por eso tengo mis fallos; claro que tú, ser inmortal, blanca paloma del cielo que atraviesas las negras nubes como un cuchillo traspasa la fina tela, no comprendes qué es el dolor, qué es el sufrimiento pues eres inmune a todo, pero te pido compasión.

Pero te niegas. Sigue en tus trece. Eres un ser caprichoso y cruel que juegas con los amores y desamores de los hombres. Sólo somos piezas de tu tablón de ajedrez en esa partida que juegas con el dios del tiempo, donde remplazas aquellas que están más gastadas y las dejas caer en el vacío infinito.

¿Me obligas a seguir tus dictámenes? ¿Crees que soy parte de tu propiedad? No, te equivocas. Noto como las lágrimas desaparecen de mi rostro y una sonrisa cruza mi cara. No soy tu esclavo. Sólo clamo: LIBERTAD.

Esto es, en última instancia, la soledad: envolverse en la seda del alma, convertirse en crisálida y aguardar la metamorfosis —que, inevitablemente, llegará—. Mientras tanto, uno vive de sus propias experiencias, al tiempo que experimenta, de forma telepática, las vidas de los demás […].
Al fin, uno solo se posee a sí mismo. Los pensamientos ajenos ya no dominan los propios; las opiniones y los caprichos de los demás ya no me inquietan. Ahora, el alma comienza a madurar en el seno de esta libertad recuperada, y experimento una inmensa paz interior, un placer sereno y una sensación de certeza y responsabilidad.

Si reflexiono sobre la vida social —que debería ser una especie de campo de entrenamiento—, no puedo verla sino como una escuela de vicios. Si uno lleva dentro el sentido de la belleza, verse obligado a contemplar la fealdad constituye un verdadero suplicio; un suplicio que, de manera engañosa, nos induce a creer que somos mártires. Cerrar los ojos ante la injusticia, por mera consideración hacia los demás, nos enseña, poco a poco, a ser hipócritas. Acostumbrarse a reprimir constantemente las propias opiniones —siempre en nombre de la consideración— nos convierte en cobardes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario