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martes, 6 de agosto de 2013

LA BOMBA ATÓMICA




Mientras en las grandes instalaciones de Hanford y Clinton se empezaban a producir los explosivos plutonio y actinuranio en cantidades suficientes, se comenzó la construcción de la bomba atómica en una meseta montañosa muy alejada, elevada y desértica, en Los Alamos, cerca de Santa Fe, Nuevo Méjico. (Los datos de este artículo han sido tomados del libro de Hans Thirring- Historia de la bomba atómica. Aquí se instaló un gigantesco laboratorio de química y física nuclear, ya que, antes de que los teóricos pudieran dar indicaciones decisivas para la resolución de determinados problemas técnicos, era pre­ciso encontrar una respuesta experimental a muchas cuestiones relativas al comportamiento de los neutrones, su velocidad de difusión, su absorción, dispersión, etc. Un ensayo directo quedaba excluido debido a los temibles efectos devastadores de una explosión. Todas las premisas para la correcta elaboración de la bom­ba atómica tuvieron que establecerse teóricamente. En Los Alamos se reunieron los físicos nucleares más famosos de los Estados Unidos y del mundo entero, entre los cuales se encontraban Bohr, Fermi y Robert Oppenheimer.
Las cuestiones decisivas eran la determinación exacta de la «masa crítica» y la obtención de las premisas para una reacción en cadena que se desarrollara suficientemente rápida de modo que abarcara a toda la masa de la sustancia explosiva antes de que ésta resultara esparcida en todas direcciones por una explosión parcial de una parte de la misma. A fin de evitar una pérdida prematura de neutrones y de conseguir mediante una demora -aunque ciertamente muy corta- la explosión completa, se rodeó la sustancia explosiva de una capa gruesa de metal pesado, con átomos pesados como, por ejemplo, acero o plomo. Al chocar los neutrones con los átomos muy pesados de esta envoltura metálica resultan reflejados de nuevo hacia el interior de la bomba, con lo que se ayuda al desarrollo de la reacción en cadena. Este manto metálico se denomina «tamper».

Evidentemente, la existencia de esta envoltura metálica no representa obstáculo alguno para la explosión frente a la enorme energía con que se produce ésta; por otra parte, la momentánea demora provoca una desintegración más completa y con ello se obtiene la máxima cantidad de energía posible.
Debido a que al alcanzarse o superarse el volumen crítico la reacción en cadena provocada por los neutrones de los rayos cósmicos se extiende en una millonésima de segundo a toda la masa y provoca la explosión momentánea, la sustancia explosiva de la bomba debía colocarse en dos mitades separadas, e inferiores cada una de ellas al volumen crítico, de modo que éste se alcanzase o superase solamente en el momento del lanzamiento de la bomba mediante la unión de ambas partes. Esto puede conseguirse, por ejemplo, construyendo ambas partes de modo que encajen completamente, dando a una forma de cavidad y a la otra forma de tapón de idénticas dimensiones al orificio de la primera. El tapón se lanza veloz a su correspondiente cavidad con una es­pecie de cañón, superándose así el volumen crítico y provocándose inmediatamente la reacción en cadena.

La prueba general de la primera bomba atómica se realizó el 16 de julio de 1945. Hans Thirring informa con las siguientes palabras:
«En un lugar apartado de la base aérea de Alamogordo, en me­dio de un desierto de rocas de Nuevo Méjico, unos 200 km al sudeste de Albuquerque, se había levantado una torre de acero de 45 m de altura en la que se colocó la bomba. El puesto de observación más ­próximo estaba situado a 10 km y el punto central de observación, con el personal científico, se encontraba a 17 km. Se habían es­cogido las primeras horas de la mañana, pero la atmósfera estaba perturbada por aguaceros y tormenta. Faltan dos minutos para el momento previsto, la tensión está en su punto culminante, los observadores, con los ojos protegidos con gafas oscuras contra las intensas radiaciones UV, se echan al suelo para no presentar una gran superficie a la fuerte onda expansiva. A las 5.30 horas en punto se eleva como un rayo una llamarada verdosa, más deslum­brante que la luz solar directa, y al cabo de unos segundos llega la onda expansiva. Dos observadores que se habían arriesgado a permanecer de pie fuera del refugio fueron derribados, un rugido llenó el aire y su eco resonó potente hasta las lejanas montañas. Tuvo que esperarse cierto tiempo antes de poder arriesgarse a acercarse al centro de la explosión, hasta que éste se hubiera enfriado suficientemente. De la torre de acero no quedaba el menor rastro. En el mismo lugar en que ésta se elevaba, la onda expansiva había provocado una amplia depresión en el duro suelo. El suelo de piedra aparecía cubierto de una capa vítrea; la superficie de las rocas resultó fundida por acción de las temibles radiaciones. No debe olvidarse que la potencia de una radiación es proporcional a la cuarta potencia de la temperatura y que, además, la tempe­ratura en la explosión de la bomba atómica es varios millares de veces superior a la temperatura de la superficie solar. Así se ex­plica que se produzca un rayo de tal intensidad que en una milé­sima de segundo provoca la fusión de la superficie de las rocas.
El dictamen de los físicos, sus previsiones, resultaron confirmados.
El 6 de agosto de 1945 la ciudad de Hiroshima resulta destruida por el lanzamiento de la primera bomba atómica; y tres más tarde, el 9 de agosto Nagasaki sufre las consecuencias del lanzamiento de la segunda bomba atómica.

Finaliza la segunda guerra mundial.
Ya antes del lanzamiento de la primera bomba, el 6 de agosto de 1945, sobre la ciudad de Hiroshima, un grupo de investigadores atómicos americanos bajo la dirección del entonces profesor en Gottingen, Dr. James Franck, se pronuncian en el informe contra el lanzamiento de la bomba por motivos morales. En este informe se advierte ya que al empleo de la primera bom­ba atómica seguirá lógicamente una carrera mundial de armas nucleares, tal como luego sucedió.
Después del lanzamiento de la segunda bomba atómica sobre la ciudad de Nagasaki, la producción de bombas atómicas y otras armas nu­cleares se ha desarrollado extraordinariamente en los Estados Unidos y luego en la Unión Soviética. Los numerosos ensayos atómicos han provocado la contaminación radiactiva no sólo de los lugares de explosión, sino que, como consecuencia de las corrientes de aire, sus efectos se han extendido hasta lugares muy apartados del centro de prueba.
En el polvo radio activo se encuentra el estroncio 90, cuyo período de semidesintegración asciende a los 28 años. Desde las capas superiores del aire cae a la tierra con la lluvia, siendo absorbido por las plantas y de ahí pasa al cuerpo de los animales y de los hombres, en el proceso de alimentación, concentrándose particularmente en los huesos, una de las partes sensibles a las radiaciones, y desde el interior del organismo se produce una radiación constante que influye en forma muy especial sobre todos los procesos bioquímicos.
 

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