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domingo, 22 de julio de 2012

LA SABIDURÍA ES PODER


        El siglo XVII marca el arranque de las Ciencias. Hasta entonces la Universidad se limitaba a la enseñanza de las lenguas antiguas, de la Teología y del Derecho.
        La Iglesia, que tenía la tuición de la enseñanza, desconfiaba de toda novedad, considerándola una herejía; por esta misma razón, los profesores, escolásticos por formación, tampoco deseaban adoptar métodos nuevos. No obstante, unos pocos jóvenes habían aprendido latín para poder leer todos los libros que trataban de los temas científicos, hasta entonces, escamoteados por el mundo eclesiástico. Por otra parte, por esos años, en algunos países se fundaron algunas instituciones que hacían factible el estudio de las Ciencias.
        En 1597, en Checoslovaquia, Brahé edificó un castillo en una islita y ahí trabajó en Astrología, durante veinte años. Más tarde, en Praga, junto al emperador Rodolfo, estudió Astronomía, ciencia que les permitía reconocer la posición de un barco en el mar. París, que ya tenía el Jardín de Plantas, en 1667, fundó el Observatorio; ese mismo año, en Londres, se creó el Observatorio de Greenwich. En Italia y en Holanda, también se inauguraron jardines para el estudio de plantas y animales, lo que indujo a los viajeros que volvían de tierras de América traer plantas y animales, desconocidas en Europa.También se crearon los museos, siendo el más famoso el Museo Británico , mientras, en Francia, el ministro Colbert, con el propósito inicial de levantar un completo mapa del país, fundó la Academia de Ciencias.
        Además, en Francia, Alemania, Holanda e Inglaterra se empezaron a publicar revistas dedicadas al quehacer científico. Estos acontecimientos convencieron a los estudiosos a abandonar el trabajo aislado y aceptaron la idea de intercambiar sus conocimientos científicos. Entonces, en Londres, se fundó la Real Sociedad, con el auspicio del rey Carlos II. Este organización tuvo una vida lánguida y solo logró notoriedad mundial al ingresar a ella Isaac Newton.
        Por otra parte, las nuevas enseñanzas se basaban en la experimentación, método propuesto por Francis Bacon (1561-1626), en su tratado Novum Organum, en oposición a las postulaciones de Aristóteles. Bacon condenaba el método escolástico, que se guiaba solamente por la razón. Él proponía la experiencia metódica. Primero, observar los hechos para verificarlos como producto de la experiencia; luego, clasificarlos y, por último, razonar pasando de lo particular a lo general, como la manera de descubrir las leyes rectoras de los fenómenos.
        Pero, como ha sucedido siempre en el progreso humano, el método propuesto por Bacon fue resistido por los sabios de su época y nunca se aceptó aplicarlo en la enseñanza; por el contrario, se lo condenó al silencio y al olvido. Pese de ese silencio y olvido, el italiano Galileo Galilei, rescató el método de Bacon para imponerlo y difundirlo desde la Universidad de Pisa. El científico Galileo actuó en muchos campos del conocimiento humano, basado en la experimentación.  Bacon, había dicho en su momento: Nuestro poder va tan lejos como nuestro saber.
        El hombre del siglo XX es testigo de que tal afirmación es una realidad incontestable.

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