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martes, 6 de marzo de 2012

LA IGLESIA Y EL CLERO EN EL SIGLO XVII

Era llamado el primer orden del Estado, es decir, la clase más alta. En las ceremonias, los obispos figuraban antes que los señores más grandes del reino. Los obispados, los cabildos, los conventos de frailes o de religiosas poseían muy extensos dominios, cuyas rentas percibían, y tenían derecho a imponer el diezmo de todas las cosechas. Estaban exentos de todos los tributos pagados por los demás súbditos; no pagaban al rey más que uno llamado donativo gratuito. A partir del concordato de 1516, el rey nombraba todos los obispos y casi todos los abades. El papa no tenía otro derecho que instituir a los que el rey le designaba. Todos los viernes, Luis XIV tenía consejo con su confesor para hacer la lista de los nombramientos, que se llamaba la hoja de los beneficios. Nombraba por lo común a gentes que recomendaban los personajes de la Corte.

Muchos eran sacerdotes procedentes de la clase media. Pero casi todos los obispados y las abadías que tenían buenas rentas se daban a nobles o a parientes de los ministros, y algunos lograban más de una. El Gran limosnero, que no cobraba más que 24.000 libras anuales como obispo de Orleáns, tenía cerca de 1.00.000 como abad de varias abadías. El 0bispo de Estrasburgo, al mismo tiempo abad de Saint-Germain-des-Prés, cobraba más de 700.000 libras, y no se juzgaba bastante rico, decía "que se moría de hambre".

Las abadías no se daban a frailes. El rey las ponía en encomienda, las daba a personas extrañas al convento y que muchas veces ni siquiera eran sacerdotes, a magistrados, a rortesanofi, a niños aún. Algunos vivían en la Corte, vestidos casi como seglares, con sotana corta que llegaba a las rodillas y manto de esclavina corta, y usaban barba y peluca. Se les llamaba "abades de Corte".

Los curas, por el contrario, no contaban con ingresos regulares. Cada iglesia pertenecía a un patrono, que era un obispo, un abad o un señor heredero del que en otro tiempo la había fundado. El patrono tenía el derecho de nombrar al cura titular, que percibía la mayor parte de las rentas. Por lo común, este titular no servía directamente la iglesia, tenía un suplente. El cura encargado del servicio vivía pobremente de una pequeña parte de las rentas, llamada congrua, y del pie de altar (se daba este nombre al dinero que daban los feligreses por los casamientos, bautismos y entierros).

Los frailes y las monjas se habían hecho más numerosos. En el siglo XVII se habían fundado varias nuevas grandes Congregaciones. Las más importantes de varones eran: los Oratorianos, formadas por sacerdotes dedicados a estudios; los Lazaristas, fundados por San Vicente de Paúl para ir a las misiones al extranjero; los Trapenses, que trabajaban en el campo; los Hermanos de las escuelas cristianas, fundados para regentar las escuelas primarias.

Las principales órdenes femeninas eran; las Carmelitas, fundadas en 1603, que vivían recluidas en conventos; las Ursulinas, creadas en 1608; las Visitandinas, fundadas en 1619 por San Francisco de Sales, y cuyos conventos fueron muy pronto internados de señoritas; las Hermanas de la Caridad, que instituyó en 1633 San Vicente de Paúl para cuidar a los enfermos (más tarde fueron llamadas "hermanas de San Vicente de Paúl").
Los eclesiásticos eran todavía agentes de la autoridad, unos llevaban los registros en que se inscribían los bautismos, los matrimonios, los fallecimientos, lo que llamamos hoy "registro civil".

No era posible casarse más que en la iglesia, y era necesario un permiso del clero para poder enterrar en el cementerio. Cuando el Gobierno quería hacer pública una orden o una prohibición, la enviaba a los curas, que el domingo la leían en la plática.

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