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jueves, 20 de febrero de 2014

LA MONTAÑA


Estoy congelado. Ya no siento los pies y las manos se me llenan de escarcha.  A pesar de los guantes y el abrigo, el viento helado me penetra y me congela el corazón. Me estoy mareando. Debe ser por la falta de oxígeno…
Era sábado. Pedro y yo habíamos decido irnos con el coche a la sierra de Guadarrama para escapar de la monotonía y el ruido de las calles de Madrid y cambiar de aires. Así que empacamos los abrigos, las botas y los equipos de escalada y nos dirigimos a la sierra.

Llegamos a la sierra después de dos horas interminables. Aparcamos en la recepción del hostal, cogimos nuestras cosas, dejamos las maletas y nos preparamos para dar un paseo por la sierra madrileña.
Tras instalarnos, decidimos hacer un poco de ejercicio. Así que, cogimos el equipo de escalada y empezamos nuestra aventura.

Empezó a nevar y un viento helado nos impedía movernos. Perdidos en una vorágine de viento y nieve, empezamos a caminar sin rumbo y sin dirección. Cada vez hacía más frío. De nada servían los abrigos, los gorros y las botas. La nieve penetraba toda barrera física hasta contactar con la carne.
Estamos perdidos en un océano de nieve. No tenemos ningún rumbo ni ninguna dirección que seguir: somos un barco en medio de una tempestad que se agita a merced de la tormenta, sin que nosotros podamos hacer nada para controlarlo.

Seguimos andando buscando un lugar donde resguardarnos. Empezamos a palpar la fachada de la montaña, buscando una grieta, una cueva donde poder refugiarnos de esta tormenta. Cada vez hacía más frío y ya no sentía los pies y mis manos empezaban a volverse azules. Caminar era una misión imposible: la nieve seguía cayendo, había borrado nuestras huellas con su manto blanco  y ralentizaba nuestra marcha.
Cogí el móvil en un vano intento de llamar a emergencias. La primera vez no funcionó. Volví a llamar. Esta vez sí tuve suerte.

-          -¿Emergencias?
-         - Si. Hola. Somos dos montañeros que nos hemos perdido en el parque de Peñalara.
-         - No pierda la conexión. Intentaremos localizarlos.

Seguimos caminando sin rumbo fijo mientras explicaba a voces nuestra situación al 112. Llegamos a la cara de la montaña, buscando una cueva donde  resguardarnos. Por fin, encontramos una grieta en la montaña. 

Pedro se desplomó por el cansancio y tuve que arrastrarle hasta el interior. Cada vez nos costaba más respirar y temblábamos de frío. Nos abrazamos en un desesperado intento de entrar en calor.
La oscuridad se cernió sobre mí y cerré los ojos aceptando mi destino.

Pedro despertó en el hospital. Tras el impacto inicial, empezó a recordar: estaba junto a Juan en el parque de Peñalara, habían ido de excursión y, mientras estaban subiendo la montaña, les sorprendió una tormenta de nieve. Se habían refugiado en una grieta tras vagar sin rumbo fijo y esperó junto a Juan el fin.

No recordaba nada más. Una enfermera entró en la habitación

-          Por fin estás despierto- saludó- Has tenido mucha suerte.

-          -¿dónde estoy?- preguntó Pedro.

-          En el Hospital de la Paz, en Madrid. Te trajo una ambulancia de la Cruz Roja. Estabas congelado con una leve hipotermia, pero ya estás recuperándote y volviendo a entrar en calor. Los bomberos y la Guardia Civil os encontraron a última hora de la noche. Menos mal que pudisteis refugiaros en una grieta de la montaña.

-         - ¿y mi compañero?- preguntó Pedro.

-          -También sobrevivió- respondió la enfermera. Pedro respiró aliviado: los dos se habían salvado- Sin embargo…

Pedro contuvo la respiración. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba  Juan?

-          -Tu compañero tenía una hipotermia severa. No hemos podido hacer nada a pesar de que lo trasladamos urgentemente en helicóptero al hospital: La Cruz Roja intentó reanimarlo… Lo siento.


Juan se había ido para siempre. ¿Por qué? ¿Por qué él había sobrevivido y Juan ya no estaba?


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