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domingo, 14 de abril de 2013

EL HIMNO DE RIEGO

El Himno de Riego, primer himno nacional español
 
El Himno de Riego ha sido en nuestra historia el primer himno nacional. Su letra es obra del destacado escritor y político asturiano Evaristo San Miguel. Esa letra vino recogida en el folleto que «el ciudadano Mariano Cabreriza dedica al ciudadano Riego y a los valientes que han seguido sus huellas», folleto que recopilaba canciones patrióticas del Trienio Constitucional 1820-23.
Dudosa es, en cambio, la paternidad de la música. En la Historia de la Revolución española desde la Guerra de la Independencia hasta la Revolución de Sagunto, Vicente Blasco Ibáñez atribuye la composición del Himno al maestro Gomis.

José Melchor Gomis Colomer (1791-1836) había nacido en Onteniente (Alicante). Había comenzado su carrera musical en el coro de la catedral de Valencia. A los veinticinco años fue nombrado director de la banda de un Regimiento de Artillería de Barcelona. Trasladóse a Madrid en 1820 para dirigir la banda de la Guardia Real. De convicciones liberales, el músico alicantino siempre militó en las filas antiabsolutistas. Triunfante la revolución liberal de enero de 1820, el maestro Gomis fue ascendido a director de la banda de la Milicia Nacional, al frente de la cual siguió hasta la invasión europea de 1823, que impuso la restauración del poder absoluto de Fernando de Borbón y Borbón. 

En 1823 Gomis se exilia en París, donde descuella como compositor. Compuso la ópera «Riego en Sevilla», que fue repuesta en Barcelona en 1854 (al triunfar la cuarta de nuestras revoluciones liberales del siglo XIX).
Discútese la participación exacta del maestro Gomis en la composición del Himno de Riego. Hay quien sostiene que sólo lo arregló o adaptó para banda. El hecho es que Gomis aparece como autor del Himno en el libro --publicado en 1822 (impreso en Valencia por Venancio Olivares)--: Colección de Canciones patrióticas que dedica al ciudadano Rafael del Riego y a los valientes que han seguido sus huellas el ciudadano Mariano de Cabrerizo. Otros han sostenido que la reelaboración de Gomis es más profunda, haciendo de él el verdadero compositor del Himno.

Pero hay otras atribuciones (aunque es posible que se refieran a una versión inicial, sustancialmente modificada por Gomis):
  • Muy frecuente ha sido reconocer como compositor al guitarrista alicantino Francisco Huerta.
  • Mesonero Romanos había asegurado, en cambio, que el compositor original del Himno de Riego fue el teniente coronel José María de Reart y Copóns (1784-1857), oficial de Guardias Walonas.
  • En 1871, en la revista El Averiguador, Grimaldi sostuvo que el maestro Manuel Varo habría compuesto el Himno en Morón, siendo músico mayor de la charanga de la caballería que Riego llevaba en su columna.
  • Adolfo Salazar, en Los grandes compositores, afirma que, entre los papeles inéditos de Barbieri, se encuentra una carta en la que se da como autor del Himno de Riego a Antonio Hech, músico mayor del regimiento de Granada. Hech, de origen helvético, habría escrito el himno en 1822, recibiendo una recompensa de las Cortes y luego represalias de Fernando VII.
  • José María Sans Puig, en un trabajo titulado «Riego, un mito liberal», aparecido en Historia y Vida, remite a una inspiración del Himno en la Danza de los Mayordomos del valle de Benasque (Huesca).
Sea todo ello como fuere, el hecho es que no aparece mención del compositor en el Decreto aprobado por las Cortes el 7 de mayo de 1822, que dice: Se tendrá por Marcha Nacional de Ordenanza la música militar del Himno de Riego que entonaba la columna volante del Ejército de San Fernando, mandada por este caudillo.

Repitámoslo: en la historia de España, el primer himno nacional es el Himno de Riego. Pero en 1823 la Europa unida manda que venga invadida España por los Cien Mil Hijos de San Luis (al mando de «mi primo, el Duque de Angulema», como lo llamó Fernando VII). Restaurado en el trono absoluto, el Rey prohíbe el Himno de Riego.

Un himno Nacional para la República española
 
Cerrado el infausto paréntesis borbónico de los dos Alfonsos, y restaurada la República Española el 14 de
abril de 1931, el cambio de bandera lo impuso el pueblo español en la calle inmediatamente (y fue simplemente acatado y oficializado por el gobierno provisional de la República); mas no se planteó con la misma claridad y contundencia el cambio de himno oficial.

Todos estaban concordes en que no podía continuar usándose la ramplona Marcha Granadera o Marcha Real, por ser un toque de poca monta que no había tenido más significado que el de un compás ceremonial de pleitesía a la Corona.

¿Por qué reemplazarlo? El candidato obvio era el Himno de Riego, o más exactamente «Himno a Riego», puesto que --según lo hemos visto-- ya había sido declarado por las Cortes Himno Nacional el 7 de mayo de 1822.

Cuatro corrientes de opinión estaban en contra de ese himno:
  • En la extrema izquierda estaban quienes, frente a la república burguesa, abogaban por una república obrera soviética, cuyo himno fuera «La Internacional».
  • En segundo lugar quienes aspiraban a una República más innovadora y radical, menos ligada a un liberalismo decimonónico nunca del todo puro, y en cualquier caso socialmente más avanzada. Entre sectores intelectuales y progresistas próximos a esa sensibilidad tenía más aceptación la composición que, con letra de Antonio Machado, hizo el maestro Óscar Esplá, estrenada en el Ateneo por la cantante Laura Nieto y la Banda del Cuerpo de Alabarderos el 27 de abril de 1931.
  • En tercer lugar militaban los próceres del «republicanismo europeísta», socialmente conservadores, que querían una República lo más parecida posible a la difunta monarquía borbónica; un régimen que fuera más conservador incluso que la Alemania de Weimar, y que, dejando intacta e inalterada la propiedad, no ampliara ningún derecho social ni concediera nada a las masas trabajadoras. Al círculo de magnates de ese euro-conservadurismo pertenecían Pérez de Ayala, Ortega y Gasset y Gregorio Marañón (todos los cuales acabarán apoyando la reacción aristocrática, oligárquica y monárquica de Francisco Franco). En abril de 1931 El Sol, su portavoz mediático, apenas se resignaba a que se desechara la Marcha Real; mas, en todo caso, se decantaba porque no se aceptara en su lugar ninguno de los himnos entonces conocidos «pues son muy malos» (tanto el de Riego como el del maestro Esplá).
  • En cuarto y último lugar (aunque en íntimo vínculo con la posición recién mencionada) estaban los noventayochistas con su visión antihistórica, su nihilismo y su elitismo aristocratoide y oclofóbico. Aquí podemos incluir a los Azorín y los Pío Baroja, p.ej. Éste último admiraba al liberalismo aventurero, militar e individualista de la primera mitad del siglo XIX, al paso que odiaba al liberalismo intelectual, universitario, teorizante, democrático y de masas de la segunda mitad. Muy a tono con el mensaje que le conocemos por sus fascinantes novelas, vio con malos ojos que la República adoptara el Himno de Riego: «El himno es callejero y saltarín; la República fue sesuda y jurídica. La República no era heredera de los hijos del liberalismo: Mina, Riego, el Empecinado, sino más bien obra de los hijos espirituales de Salmerón, Pi y Margall y Ruiz Zorrilla.» En suma, esa adopción no habría sido veraz.
Frente a todos esos reparos, se impuso el Himno de Riego:
  • Porque encarna y expresa la continuidad de la lucha liberal de varias generaciones de españoles;
  • Porque siempre ha sido y es un himno verdaderamente popular.
Ni los regeneracionistas ni sus amigos noventayochistas se habían percatado del enorme progreso de España gracias al liberalismo. No se daban cuenta de la continuidad que liga los dos períodos liberales. antes y después de la revolución callejera y popular de 1854, alias la Vicalvarada, que fue la versión hispana de la «Primavera de los Pueblos» de 1848.

Cierto que la Corona borbónica, restaurada por el golpe militar de Martínez Campos en 1874, había llevado a España al descalabro de 1898 (aunque, frente a la diabólica y demoníaca prepotencia del imperialismo yanqui, hay que reconocer que no era nada fácil la defensa de la integridad nacional a la que tuvo que atender el gobierno liberal de Sagasta).

A pesar de esa derrota, a pesar de todas las insuficiencias y las carencias sociales --que habían empezado a curarse en los años 1901 a 1923--, en 1931, al iniciarse la sexta de nuestras revoluciones liberales (llevando más adelante el legado de las de 1808-1814, 1820-23, 1854-56 y 1868-74), España se perfilaba como una nación avanzada, moderna, culturalmente esplendorosa, en pleno apogeo de las letras, con un renacer de las ciencias, y hasta un cierto grado de industrialización; con un nivel medio de prosperidad (por delante de Italia); una nación que hubiera podido ser algo en el mundo si no hubiera sido por la sublevación franquista, con el retroceso histórico que supuso, para acabar con una vuelta al borbonismo, ahora bajo la bota yanqui, que ha llevado a nuestra Patria, en este comienzo del siglo XXI, a un extremo de sumisión, decadencia, degradación, postración y anonadamiento.

¿Qué significa el Himno de Riego?
 
Fue un acierto de la República la oficialización del Himno de Riego en 1931. Fue uno de sus muchos méritos, que lamentablemente se unieron a insuficiencias y equivocaciones, que no faltaron. Un tanto a su favor, igual que la adopción de la bandera tricolor, la proclamación jurídico-axiológica de España como una democracia de trabajadores de toda clase, la reforma agraria, la introducción de derechos sociales y la opción por una República unitaria, no federal (con un régimen limitado y transitorio de autonomía excepcional para tal o cual región --en la práctica sólo para Cataluña).

Ni puede en rigor separarse la elección del Himno del cúmulo de esas otras opciones (aunque desde luego sí de cada una de ellas en particular).

Un himno carece de suyo de significado. Un himno, una melodía, es una pieza de música, y la música ni es un lenguaje ni es ningún sistema semiótico. Las piezas musicales no son señales. No están codificadas según unas reglas sintáctico-semánticas para transmitir mensajes. Ni el destinatario, el oyente, puede tampoco captarlas para percibir un mensaje desde la previa posesión del mismo código semiótico. Por la sencilla razón de que no existe tal código ni hay nada que transmitir.

El «Concierto Emperador» de Beethoven o el de Aranjuez de Rodrigo no significan nada. Nada significa un aire de sardana, nada significa la melodía de un tango.

Otra cosa es que tales aires puedan suscitar tales o cuales emociones, aunque eso seguramente tiene al menos un 50% de componente culturalmente condicionado. Aun admitiéndolo, no por ello vamos a sostener que «La Primavera» de Vivaldi expresa alegría ni nada similar. Para expresar --en un sentido semióticamente interesante-- tiene que haber una (mayor o menor) regulación sintáctico-semántica codificada, un sistema se señalización. No hay expresión cuando la captación de lo expresado es infinitamente variable y totalmente desregulada.

Se me objetará que también las señales de un sistema semiótico, sea el que fuere, tienen un significado u otro únicamente en un determinado contexto histórico-social, por haber sido adoptado el código de reglas estructurales de ese sistema en una determinada comunidad, a través de convenciones explícitas o implícitas. Fuera de tal contexto, una ristra de sonidos ni siquiera es una secuencia de fonemas, ni una yuxtaposición de garabatos es una concatenación de letras. No hay fonemas, no hay letras sino con relación al contexto, y el contexto pertinente es el de un lenguaje, o más en general un sistema semiótico convencionalmente establecido en una comunidad o sociedad de seres con capacidad intelectual y volitiva.

Eso es verdad. Mas cada señal tendrá un significado, o un abanico determinado de significados, una vez que se haya establecido la comunidad (aunque sea una colectividad difusa) y se haya acordado el sistema de reglas (aunque sea también un cúmulo difuso y aunque unas reglas vinculen más, otras menos).

Diferente es lo que sucede con aquellas creaciones del espíritu humano que, no vehiculando mensajes, carecen de significado, las producciones mentales no-semióticas. Éstas ni tienen significado en general, ni lo tienen en un contexto, porque su formación no se hace siguiendo unas reglas sistemáticamente trabadas y que permitan hacer corresponder señales y mensajes. Quien crea que una manifestación de la creatividad mental o intelectual humana es también un sistema semiótico habrá de probar que están ahí en acción unas reglas sintácticas y semánticas compartidas por el creador y los destinatarios, al menos inmediatos.

A falta de tal sistema de reglas, no son sistemas semióticos ni significan nada la arquitectura, ni seguramente la pintura, ni la escultura, ni las artes decorativas en general, como tampoco las utilitarias (la culinaria, la alfarería, o cualquier otra). (Claro que en un pastel se puede escribir una fórmula, pero ésa es cuestión aparte.)

Pues bien, aunque una pieza musical en sí carece de significado alguno, sí son señalizaciones, en determinados contextos histórico-sociales, ciertas sonorizaciones de piezas musicales (o de otros productos sonoros del artificio humano, como toques de silbato, o de sirena, repicar de campanas etc).

En los usos políticos modernos, el toque de una determinada pieza musical en un contexto sí señaliza algo. Hay ahí un código muy limitado y además de empleo también limitado.

Ni el himno abstractamente tiene significado ni sus partes lo tienen. Es totalmente inverosímil que aporte modificación semiótica alguna añadir o quitar notas a una marcha o a un himno (en vías de composición y todavía no conocido públicamente).

Por su asociación con unos valores, unos ideales, unas instituciones, una determinada pieza musical pasa a vehicular, en un contexto histórico-social, la validez de esos valores, o la adhesión a los mismos --aparte del uso protocolario que establezcan los preceptos legales o reglamentarios del caso.

Tocar o cantar el Himno de Riego, que ha perdurado ya cerca de 2 siglos de lucha liberal antimonárquica, es, en el contexto histórico-social de la España de estos últimos siglos, una señal de adhesión a la causa del patriotismo, de la libertad y del progreso de España; una causa que, naturalmente, evoluciona a lo largo del tiempo, y en cada coyuntura histórica incorpora unos u otros valores político-jurídicos que la generación respectiva vincula estrechamente a esos tres valores perdurables del patriotismo, la libertad y el progreso de España.

Así ya en 1931, y hoy más, vinculamos a ésos tres otros valores: los del bien común, la felicidad individual y colectiva, la vida humana, el trabajo, la justicia, la igualdad social, el reparto equitativo de la riqueza, el conocimiento, la paz, el amor, la amistad y hermandad de todos los miembros de la familia humana.

Por eso tocar y cantar el Himno de Riego significa algo en nuestro entorno histórico-social, aunque se trata de una significación circunscrita --en principio-- a contextos prácticos determinados. Fuera de tales contextos, es dudoso que se dé esa significación. ¿Qué contextos? Actos públicos de determinada índole (en principio solemnes), o emisiones al público. En tales circunstancias es relevante la alternatividad entre ese Himno y otros sones (o eventualmente ninguno), encerrando la opción por el de Riego una expresión de adhesión a tales valores y a la historia de lucha que hay detrás de su afirmación.

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