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miércoles, 28 de mayo de 2014

EL DEPORTE COMO DEMOSTRACIÓN DEL HOMBRE NUEVO DEL FASCISMO, DEL NAZISMO Y DEL FRANQUISMO

La Copa del Mundo se inauguró en 1930 cuando el fútbol empezaba a sembrar su semilla como deporte de masas y para expresar la competencia entre naciones sin necesidad de recurrir a las armas o conflictos bélicos. El deporte no tardaría en convertirse en otro campo de batalla ideológico.
El régimen fascista necesitaba el apoyo popular para perpetuarse en el poder, y ese apoyo popular estaba en el fútbol, que se convirtió en una herramienta clave para crear la unidad nacional y obtener un prestigio internacional. Creó la Serie A como la primera liga nacional en 1929 y, una vez que se inició la Copa del Mundo en 1930, hizo una oferta a la que la FIFA no podía negarse: celebrar el próximo mundial de fútbol en Italia. El triunfo de la Italia fascista en el Mundial de 1934 fue utilizado por la propaganda del régimen de Mussolini como una demostración más de la superioridad del pueblo italiano y la justificación de su racismo, llegando incluso a crear su propio trofeo: la copa del Duce. El triunfo de la selección italiana de fútbol  y la posterior celebración del pueblo italiano de esa victoria equivalían a celebrar el fascismo. El Lazio de Roma es el único recuerdo de la época. Era  el equipo de Mussolini y sigue jugando en el estadio que construyó para ellos. Tratan de no contratar jugadores de color y sus partidarios son famosos por su racismo y antisemitismo. Uno de sus jugadores, Paolo di Canio, llevaba tatuados emblemas fascistas y hacía el saludo fascista cada vez que anotaba. Afortunadamente esos días han pasado. Ya es bastante malo que tanto dinero dependa de quién gana o pierde, pero los regímenes fascistas además tenían que ganar por razones políticas. En 1938 Mussolini envió un telegrama al equipo italiano de la Copa del Mundo diciendo: “Vencer o morir” Éste era en realidad un eslogan fascista estándar, pero cuando los húngaros perdieron 4-2 ante Italia en la final, eso le dio al portero húngaro, Antal Szabo, una excusa que otros cancerberos envidiarían: “Con los cuatro goles que me hicieron, le salvé la vida a once seres humanos”.


La siguiente cita deportiva fueron los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. El régimen nazi llevaba ya tres años en el poder y Hitler quería aprovechar este acontecimiento deportivo con el mismo objetivo que había demostrado ante la opinión pública Mussolini; sin embargo los resultados no fueron los que el Fürher deseaba.
Estos Juegos Olímpicos fueron uno los más claros ejemplos de propaganda política: la superioridad de Alemania frente al resto de naciones y la hegemonía aria frente al resto de las razas. Hitler era un defensor a ultranza de los deportes gimnásticos y no captó el mensaje lanzado por Mussolini, en el que el dictador italiano animaba a su homólogo alemán a desarrollar la propaganda política nazi en el fútbol, que en esos momentos se estaba consolidando como el deporte de masas por excelencia.
A pesar que Alemania fue el país con mayor número de medallas, el corredor afroamericano Jessie Owens  consiguió el oro en la carrera de los Cien metros Lisos, provocando una humillación pública al régimen nazi hasta tal punto que Adolf Hitler se negó a felicitarle por su victoria. Tras la humillación nazi que supuso la victoria de Jessie Owens, Hitler buscó otro campo de batalla donde mostrar, a través del deporte, la superioridad aria, encontrándolo en el deporte que antes había despreciado: El fútbol.
Pero también en este deporte sufrió una nueva  humillación pública frente al  resto del mundo: en el Mundial de Fútbol de 1938 Alemania sería derrotada por Noruega. Tras la anexión nazi de Austria, Hitler fichó a la fuerza a su selección de fútbol con el fin de borrar las pasadas humillaciones en el campo del deporte.
El franquismo también recibió el mensaje de Mussolini.  Franco sabía que Cataluña fue el corazón de la resistencia republicana y que el FC Barcelona era el corazón de Cataluña. En consecuencia, al mes del comienzo de la guerra civil las tropas fascistas asesinaron al presidente del Barcelona, Josep Garriga, y en 1938 los aviones fascistas bombardearon la sede del FC Barcelona. Una vez ganada la guerra, Franco prohibió la bandera estelada y el idioma catalán, lo que obligó al FC Barcelona a cambiar su nombre y retirar la bandera de su escudo. Aun así, el estadio del FC Barcelona fue uno de los pocos lugares en España donde la gente podía hablar libremente catalán. Franco hizo todo lo posible para hacer del Real Madrid un rival católico y conservador e intervino personalmente en el mercado de traspasos para garantizar que el gran Alfredo Di Stéfano fichara por el Real Madrid. En sus últimos años, el poder de Franco menguó debido en parte a su delicado estado de salud y un claro ejemplo de ello fue cuando el Barcelona recuperó su antiguo nombre  en 1974 y fichó a Johan Cruyff, quien públicamente dijo que podía haber ido a Madrid, pero nunca ir a un club asociado con Franco.

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