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viernes, 21 de noviembre de 2014

UNA EXTRAÑA HISTORIA

Desde la ventana de mi habitación, veo el atardecer. Los últimos rayos del sol lamen las paredes, dejando luces anaranjadas que hacen relumbrar los ladrillos mientras el astro parece hundirse en el horizonte devorado por el mar.
El cielo parece llorar lágrimas de ámbar a medida que la oscuridad toma protagonismo y elimina a su eterno rival.
Las gaviotas surcan el cielo, fundiéndose con la luz, hasta parecer meras luces blancas fugaces que emiten sonidos que anuncian la llegada de la dama de la oscuridad.
El viento agita mansamente los árboles, iniciando un baile de hojas que toma un protagonismo cada vez mayor, mientras los ecos de las voces de turistas y veraneantes se apagan y dan protagonismo al infinito y frío silencio, que se expande por todos los caminos y el paseo marítimo, donde el mar mueve los barcos, ya dormidos después de un día de faena.
Si no fuera por el sentimiento que me provoca, creería estar en el Paraíso, en un Edén dorado.
Este sentimiento lo llamo MUERTE.
Esta mañana nos despertamos con una nueva: Padre había muerto. Después de dos años luchando contra el cáncer, dobló rodillas y aceptó la sumisión. Madre manaba grandes perlas plateadas que formaban un charco en el suelo mientras Carol, mi hermana, emitía lúgubres sollozos; yo, por mi parte, mantenía el semblante serio, casi inmutable, mientras notaba como el corazón latía violentamente en mi interior. Podría decirse que manaba sangre en cada lágrima, pues siempre es peor guardar el dolor que dejar que se manifieste al exterior.
Padre siempre había sido bueno conmigo. Recuerdo haber pasado mucho tiempo con él paseando por el campo mientras me explicaba todas las plantas que veíamos, sus historias de cómo se infiltraba en los burdeles cuando era joven y acababa recibiendo una paliza de su padre cuando lo pillaba, de sus estudios en un colegio de monjas donde gastaba bromas a las hermanas… pero sobre todo la luz de su blanca sonrisa y sus ojos de color azul.
El cielo es devorado lentamente por voraces nubarrones. La luz parece débil, como si estuviera encarcelada en una prisión de oscuridad, donde los barrotes son fieros rayos con truenos como lamentos de los presos al saber que ya llega la hora de su ajusticiamiento.
Empieza a llover. Dagas plateadas se ciernen sobre nosotros, acuchillando el manto de luz, mientras se forman pequeños charcos en el suelo, donde miles de imágenes y recuerdos quedan plasmados en esta sopa de antaño. Amigos, familia, conocidos… todos surgen a la vez en borrosas imágenes. A mi mente llegan pequeños fragmentos de las obras de Manrique:
Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
  contemplando
cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
  tan callando;
  cuán presto se va el plazer,
cómo, después de acordado,
  da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiere tiempo passado
  fue mejor.
Desde nuestra más tierna infancia, nos han enseñado que todo tiene un principio y un final. Nada se libra de este cruel destino: humanos, animales… la propia naturaleza es, en si misma, un ciclo eterno de nacimiento y muerte.
Padre decía siempre que la muerte no era sino otro camino que debía recorrer todo el mundo. La muerte es la continuación de la vida. Unos creen en un paraíso, un mundo mejor que el nuestro donde habitamos, donde encontrarán delicias y placeres; otros, en un mundo oscuro, tenebroso, lleno de recuerdos fugaces; otros creen en la vuelta de sus cuerpos a la naturaleza de la diosa Tierra…para mí, sin embargo, lo considero un camino de reencuentros con uno mismo: la verdadera sabiduría sobre el por qué de la vida es la muerte, pues todo tiene un anverso y un reverso que tenemos que realizar.
Me levanto. Fijo otra vez mi mirada en el horizonte. Una lágrima surca mi cara hasta caer en el suelo. Me limpio la mejilla con un pañuelo. Me voy a la calle.

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